LA CASA DE LOS CAMINEROS

Todo está en el camino…

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En uno de los cruces de caminos muy cercano a donde yo vivo actualmente, hay una casa abandonada, es una reliquia del pasado. Era una casa grande, en realidad estaba dividida en dos casas en un mismo edificio, en ellas  vivían con sus familias, el capataz y el caminero de Obras Públicas. Su oficio consistía en limpiar las cunetas de las carreteras por las que íbamos y veníamos a la ciudad y a los diferentes pueblos vecinos. Las cunetas parecían pequeños jardines por donde pasaba el agua cuando llovía, era un deleite verlas tan limpias, tan cuidadas. Recuerdo ver al caminero, Juan, trabajar con su azada y su pala, paciente y  entregado a su oficio. Sus hijos iban conmigo a la escuela. Casimiro, el capataz, vigilaba el trabajo de Juan y a veces le ayudaba para que todo estuviera en orden y sin hierbas salvajes. El tiempo pasó, las normas públicas cambiaron, las dos familias se fueron a otros lugares, la casa quedó abandonada y con ella, también las cunetas de nuestras carreteras. Yo diría que nunca, nadie más, las ha vuelto a limpiar como lo hacían Juan y Casimiro. De vez en cuando veo una máquina con seis, siete hombres a su alrededor, todos de pie, pendientes de la máquina que, sólo consigue segar superficialmente la maleza pero nada que ver con el trabajo de los dos camineros. Y ahora ya no veo  ni las máquinas.  La hierba no sólo se apodera de las cunetas, están llegando a los mismísimos caminos de asfalto.  Y a esto, amigos, hoy, lo llamamos evolución y progreso.

©Julie Sopetrán

Cuneta Primavera 2020                                    Cuneta verano 2020

Autor: Julie Sopetrán

Escribo porque no puedo dejar de hacerlo Quiero aprender de los que saben más y enseñar a los que saben menos.

16 opiniones en “LA CASA DE LOS CAMINEROS”

  1. Las casas abandonas siempre me han atraído, no sé por que; a lo mejor es que una casa del pasado aunque esté en estado de abandono siempre tendrá más estilo que lo que se construye hoy en día. A eso también le llaman progreso.

    Bonita historia, es una pena que las cunetas no estén cuidadas pero entre que las «cuide» una máquina y que no las cuide nadie, me quedo con lo segundo. Al menos quiere decir que la Naturaleza recupera sus dominios. Y una cuneta salvaje pero con estilo siempre será más interesante que una cuneta sin estilo y por encima mal cuidada.

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    1. Hola Radosal, gracias por tu comentario. Estoy de acuerdo contigo, aunque no tanto con lo de las máquinas, si al menos les quitara la hierba a las cunetas… Pero es un desastre y ahora te aseguro que no las cuida nadie. Si, la Naturaleza es mucho más fuerte que nosotros y hoy precisamente fui por una carretera secundaria que ya la hierba cruza el asfalto. Sin duda, esa cuneta salvaje está llena de flores… ¿Te animas a pintarlas? Gracias Radosal. Mi abrazo grande.

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  2. Me ha encantado la atmosfera que sugieres con la historia. He viajado a un entorno cálido y rural muy afín al que vivo yo en mi pueblo. Gracias por abrir la puerta con tu relato. Un abrazo

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  3. Por mi tierra también están abandonadas. Recuerdo que una de ellas estuvo bastante tiempo habitada. El guardabosques, que se llamaba Carlos vivió allí varios años con su mujer y sus hijos. La última vez que pasé por allí estaba abandonada.
    Son recuerdos de un pasado que nos traen momentos muy gratos a la memoria ¿verdad, Julie?
    Un abrazo.

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