VOCES DE GUERRA Y PAZ

Del infierno salieron las voces de la guerra
el eco de la espada, los gritos del disparo;
los metales salvajes que matan sin reparo
o el clamor de la bomba que destruye y aterra.

A la voz del silencio mi corazón se aferra
porque vivo la muerte de un mundo en desamparo,

busco el lenguaje puro de un horizonte claro
para sembrar mi sueño de PAZ sobre la tierra.

Si pudiera en mi verso deshacer la metralla
y convertir en flores la bélica codicia
con lenguaje de versos haría la batalla

y aunque sólo soy eco que busca la justicia
me entrego a la cadencia del corazón que calla
sabiendo que en la lucha sólo Amar es primicia.

©Julie Sopetrán

AL MARGEN DE LA PRISA

AL MARGEN DE LA PRISA 

Vivir es el recuerdo de haber amado mucho
de sentir lo pasado, sin prisa, sin empeños;
la memoria es presente que en mi cerebro escucho
cual palabras que trazan anteriores diseños.

Vivir es movimiento, trayectoria infinita
compás, ritmo, repente de impensable latido;
es un todo en lo mucho que la sangre palpita
pausa de sentimiento que no admite el olvido.

Es temblor en el alma que al margen de la prisa
renueva los espacios de viejos ademanes;
es el gozo del tiempo vivido en la sonrisa
y es danzar sin agobios los diarios afanes.

El tiempo airea sueños que fueron esperanzas
Vivir es dar un salto y a la vez ir despacio
degustando sabores de todas las mudanzas
y andar, andar sin prisa, los trechos del espacio.

Aunque no sepa nunca el fin de mi destino
en mi paisaje hay fondos llenos de poesía; 

el canto y la cadencia me alegran el camino 
y es el verso sencillo, mi mejor compañía. 

©Julie Sopetrán 

EL MOLINO

«Agua pasada no muele molino»

EL MOLINO

Yo tenía catorce años cuando mi padre me mandaba al ancestral molino de harina, mientras él y mi hermano, recogían la mies y completaban las tareas del campo en plena cosecha.  A veces, me quedaba ausente escuchando la canción de las piedras… Era la fuerza del agua moviendo esa maquinaria antigua del molino. Me gustaba oír su ronroneo, cantábamos al unísono. Ese estallido de espumas sobre el rodete, agua que luego se convertía en sobrante, en un arroyuelo cantarín y danzante entre las zarzas.  La gente llegaba con sus burro cargado con costales de cebada, algunos se esperaban a que lo moliera, otros, dejaban el costal de cebada y volvían a recogerlo al día siguiente. Y yo, entre molienda y molienda escribía mis primeros versos… Cargaba las espuertas de grano y las descargaba en la tolva de madera, era un ejercicio dinámico, mientras me sentaba a leer o a escribir. También me gustaba hablar con la gente que iba llegando a dejar la cebada. Pero ese sonido del molino, esa canción de las piedras lo recuerdo como un lenguaje de meditación y aislamiento.  Llegué a conocer ese lenguaje de la molienda. Por ejemplo al molino también se le llamaba la aceña. Es un vocabulario que ha ido desapareciendo. Al rodete también se le llamaba rodezno, que es la rueda hidráulica de corriente baja, donde va a parar el agua acumulada en el caz, que también se le llama presa o azud. Yo abría la compuerta interior y el agua se estampaba sobre los arcaduces o cangilones que caracterizan al rodete en su engranaje cónico que es lo que sirve, para con la fuerza del agua, mover las dos grandes piedras o muelas hechas con sus estrías labradas artesanalmente y gracias a la fricción que hacen las estrías entre las dos piedras, la cebada se tritura y sale hecha harina. Hay una estría de refrigeración y otra de molienda. Al hueco redondo que hay en el centro de las muelas se le llama ojo. A la piedra de arriba se la llama volandera porque da vueltas como si fuera en volandas y puede ajustar la molienda más fina o más gruesa y se ajusta con una ruedecilla. A la piedra de abajo, se la llama solera, que es la muela fija.   Todos los molinos de agua tienen un caz de traida y un caz de salida, sale el agua después de haber pasado por el rodete y va a parar al río. De ahí nace el refrán: «agua pasada no muele molino» porque ese agua ya no puede volver al caz de traída.   Todo molino tiene su boca. Es como un cubito de madera por donde sale la harina y también un cilindro cernedor por si se quiere cerner.  Con la pala de madera, me dedicaba a llenar los atrojes de harina y también los costales que traían los añacales. Añacal es la persona que llevaba la cebada o el trigo al molino. A veces, no podíamos con el peso, y el costal terminaba en el suelo. Dedicaré más tiempo al molino… Merece la pena recordar estos tiempos… cuando comencé a escribir mis primeros versos.

©Julie Sopetrán

UN NUEVO LIBRO

por Salto al reverso

Palabras de Carla – Editorial Salto al Reverso

En Editorial Salto al reverso hemos estado trabajando en la edición del libro CALACAS: Muerte de risa de las autoras Julie Sopetrán y Mary J. Andrade.

Este libro, el segundo de la serie CALACAS, presenta una colección de calaveritas literarias, compuestas por versos irreverentes y desenfadados, producto del descontento con lo que ocurre a nuestro alrededor: críticas a los políticos, a la sociedad, al comportamiento humano, etc.

Los versos en Muerte de risa son acompañados por imágenes de la propia autora y de la fotógrafa ecuatorianaestadounidense Mary Andrade, quien ha recorrido incesantemente el territorio mexicano, registrando con su lente las prácticas y los rituales de la fiesta del Día de Muertos.

También disfrutamos en esta publicación de la labor de la artista española Mónica Pereiro, quien enriquece el conjunto con el diseño de portada e ilustraciones en las páginas interiores. La artesanía también está presente en esta obra con las muestras de tejido realizadas por las hábiles manos de la creadora Lourdes Mesonero.

Los invitamos a la presentación del libro vía Facebook Live el miércoles 27 de octubre de 2021, con la participación de las autoras, del prologuista Raúl Eduardo Gonzalez, la ilustradora Mónica Pereiro y la editora Carla Paola Reyes.

Presentación

«CALACAS: Calaveritas Literarias» — Julie Sopetrán / Mary J. Andrade / Mónica Pereiro

Amigos Lectores: Les dejo el video de la presentación.  Gracias.

https://youtu.be/hox1Qkz8CEY

Editorial SALTO AL REVERSO

«CALACAS: Calaveritas Literarias»
Calaveras literarias para niños y adultos

El Día de Muertos, la tradicional fiesta mexicana, queda retratada en este libro —publicado en colaboración con Editorial Salto al reverso—con las calaveritas literarias de Julie Sopetrán, acompañadas por las fotografías de Mary J. Andrade y las ilustraciones de Monica Pereiro.

Julie, de nacionalidad española, tiende un puente más entre España y México con estas calacas escritas con el buen oficio y la sensibilidad de su poesía, ejercitada magistralmente en formas estróficas como la cuarteta, la seguidilla —de cuatro y de siete versos—, la décima, el ovillejo y el perqué. Sin olvidarse, claro, de aderezar sus obras con el tono gracioso, irónico, crítico y burlón de estos versos tradicionales mexicanos.

Sin embargo, la intención de este libro no es presumir las formas literarias, sino acercar este género a los niños, jugar con ellos, compartir risas y aprender a escribir juntos las…

Ver la entrada original 294 palabras más

EL PASTOR









Hoy pasó por mi puerta con su rebaño, con su zurrón, su vara o cayado, sus dos perros y casi dos centenas de ovejas todavía sin esquilar y otras tantas cabras. Ahora el cerro y el prado están verdes, hay hierba y pasto suficiente para el ganado. Jesús, el pastor de mi pueblo,  es un hombre joven,  amable, sonriente, sabio.  Me habla de los corderos, de los precios de la carne, de la leche, de lo difícil que es sobrevivir en estos tiempos donde los impuestos y los gastos no armonizan con sus esfuerzos. La burocracia establecida es demasiado exigente y apenas tiene ganancias para sobrevivir. El pastor es la persona que más sabe del tiempo, de sus ovejas y de la naturaleza. Desde niño aprendió a salir al campo, aprendió esas tareas duras de dirigir al rebaño por las cañadas y respetar las normas agrícolas. Las nuevas tecnologías lo ahogan y va subsistiendo adaptándose a los términos municipales por los que pastorea.  Lamentablemente es un oficio en extinción. Su trabajo no es apreciado ni pagado como debiera. Pero yo no puedo pensar, sentir este paisaje, sin el rebaño de Jesús, sin la presencia de las ovejas y las cabras rumiando la hierba de la primavera y, los perros amaestrados, dirigiendo el camino que han de seguir las ovejas a la orden de su pastor, ellos son los guardianes del redil. Las ovejas son muy sensibles porque no ven de lejos, lo ven todo de cerca, conocen la voz de su pastor que siempre va delante de ellas para protegerlas y obedecen y siguen su mandato dócilmente. Me recuerdan la infancia el ruido de cencerros al unísono, cuando las oía pasar yo pensaba que su sonido sería parecido al que hacen los ángeles cuando cruzan invisibles por nuestro lado…

©Julie Sopetrán

FALSA ARMONÍA

Y los caminos se borran…

Está todo el día nevando. Nada se mueve. Los pájaros se han refugiado en su nido. Al rato, se siente el hielo. Todo está congelado. Entre las piedras, el cauce del arroyo apenas canta, su corriente se detiene en los bordes, allí la nieve, despereza en su argayo y el agua, va dejando sus agitadas transparencias. La belleza, se apodera del fango, lo reviste cual si fuera un dios griego. Todo firma su pacto con el hielo, mientras tanto el sol, suspira entre los juncos. El paisaje se ha vestido de novia. Las ramas del olivo han caído a la tierra, rendidas por un peso extraño. Los caminos se borran. Todo lo que se mueve se paraliza, hasta las alas de los pájaros sienten frío. La vida se estremece en el campo y nuestros pies se paralizan buscando el calor de la lumbre. Los caminos se borran y los árboles reclinan sus brazos hacia el suelo. La nieve sonríe triunfadora. Nos confina en casa, la contemplamos desde nuestra ventana y la fotografiamos como si ella fuera la diva del paisaje. Sabemos que nos engaña y que su risa blanca es peligrosa. Se ha desposado con el hielo y su amante es el frío. Los carámbanos crecen, ya no puedo salir de casa. Las tórtolas, los gorriones, me suplican comida en la puerta y hasta los gatos maúllan. Al caer, esta nieve parecía tan suave, tan dulce, tan jovial… pero en realidad es agua helada revestida de blanco. Juega conmigo, me engaña, me encarcela y me deslumbra con su falsa armonía…

©Julie Sopetrán

LA ESTRELLA

Dibujo de María José Riazuelo (https://tinteroypincel.com/)

Cuando era niña, en las estrelladas noches de verano, me sentaba a tomar el fresco con mi tía Josefa, ella me enseñaba a mirar el firmamento. No disponíamos de telescopio, pero recuerdo que mi tía me hablaba de la Vía Láctea, que cual polvareda atraviesa el cielo dividiéndolo en dos hemisferios. Yo lo veía como una senda recién nevada hecha de lucecillas misteriosas que se mantenían en el abismo del cielo… Pequeños y brillantes orbes que flotaban en lo infinitamente lejano.  Aquella contemplación me hacía pensar, sentir la grandeza del Universo. Mi tía me mostraba Sirio, el punto más luminoso, me quedaba asombrada cuando ella me decía que  era siete veces mayor que el sol… Las Pléyades, los millones y millones de bandadas de estrellas que corren vertiginosas por el espacio. Mi observación no podía abarcar tanta grandeza dentro de esos enjambres de estrellas sobre nuestras cabezas. Fue así como empecé a pensar en las estrellas, grandes, pequeñas, multitudinarias. Mis primeros poemas versaban sobre estrellas… La Estrella más bonita, Alpha y Omega… y tantos que todavía conservo en mis viejos cuadernos. Hoy, Navidad de Nuevo, he elegido un poema muy cortito que lo escribí paseando a la luz del sol, pero pensando en las estrellas.  Es mi regalo de Navidad para todos mis seguidores-lectores, a los que deseo paz, salud, amor, felicidades en estas fiestas y agradezco a María José, su excelente dibujo navideño.

Alpha y Omega

Debajo de la estrella
el olivo
y debajo
la espiga
una flor
y
la hormiga  
…debajo
más
abajo
está el agua
y la perla
y
detrás de la tierra
más
abajo…
¡Está otra vez
la estrella!

©Julie Sopetrán

EL BRASERO

Siempre es bueno recordar el pasado… para apreciar el presente.

Ayer, recuperé el brasero doméstico que utilizaban mis padres en los inviernos. No encontré la alambrera metálica que se ponía encima de las ascuas para protegernos, pero todavía tenía su soporte de madera. Ya está muy viejo, me sirvió para recordar y experimentar esa sensación de calor antiguo, tan acogedor, tan familiar, tan íntimo. Las brasas que saqué de la estufa, con un recogedor, le dieron al ambiente ese tono brillante y cálido del pasado y me hizo recordar el carbón vegetal de cisco o picón que le mantenía ardiente por varias horas. Lo coloqué en el centro del salón, recibiendo así a los primeros fríos de noviembre. En unos segundos, el ambiente estaba caldeado. Añoré la mesa camilla de mi madre donde se sentaba a hacer ganchillo… Aquella mesa, con su tarima de madera perforada en el centro para colocar el brasero donde posábamos y calentábamos los pies. Tampoco encontré la badila, con su paleta redonda que servía  para avivar las ascuas entre la ceniza y echar una firmita sobre las cenizas. Recuerdo que casi todas las mujeres del pueblo tenían cabrillas en las piernas, una especie de manchas que se inflamaban, producidas por ese calor concentrado entre las faldas de la mesa.  La familia, tenía que tener mucho cuidado por los incendios a través de las faldas, tanto de la mesa camilla, como de los vestidos y faldiqueras de las abuelas y también había que prevenir del tufo y del monóxido de carbono, si la habitación se mantenía cerrada y no tenía ventilación era muy peligroso. Nuestros abuelos nos avisaban de estos inconvenientes que podía proporcionarnos el brasero. Y todos vigilábamos sus advertencias. Hoy, como una reliquia, pongo en acción esa historia no tan lejana… porque, siempre es bueno recordar el pasado o por lo menos conocerlo por si tenemos que volver a él.

©Julie Sopetrán

CADENAS

He crecido en el campo, ente hoces, arados, carros, hierros viejos que mi padre utilizaba para recomponer sus inventos. Entre sus muchos objetos metálicos, me llamaban mucho la atención las cadenas. Las tenía de todos los tamaños… Las más grandes y largas las utilizaba para ponerlas en los caminos prohibiendo el paso a carruajes, mulas o nuevos tractores. Contemplando sus eslabones, yo imaginaba cárceles, malhechores, presos arrastrando cadenas similares en lugares cerrados. Las cadenas yo las asociaba a las noticias, un eslabón se unía a otro por hechos que sucedían cada día. La larga familia de mi padre hecha de eslabones encadenados a las viejas costumbres que, a la vez, iban encadenando o querían encadenar a las nuevas generaciones. Las cadenas significaban mucho para mi según iba creciendo, fueran grandes, pequeñas, medianas… Tantos significados en esas curvas cerradas enlazadas unas con otras formando así algo tan peculiar como son las cadenas, era como una relación obsesiva con mis ansias de libertad. Tal vez porque ya desde niña relacionaba las cadenas con los esclavos. Pero también con las palabras y sus contenidos inconscientes… Permitir que el espíritu elabore palabras a las que libremente te encadenas. ¡Cuánto para pensar y sentir mirando estos enlaces!  Hoy las miro con cariño y hasta me parecen imágenes poéticas de un pasado cercano.

©Julie Sopetrán

A %d blogueros les gusta esto: