LOS PÁJAROS

Cuando la contemplación tiene música…

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Se han caído todas las hojas, la acacia muestra su esqueleto y en sus brazos desnudos se refugian los pájaros. Son gorriones. Este año no tienen frío, seguramente hablan del otoño caliente o de la falta de granos en el campo. Percibo en sus gorjeos la placidez de un día en calma. Los miro desde mi ventana abierta a un nuevo día y siento la belleza estática del instante. Los cuento uno por uno, no hago ruido, quiero saber qué murmuran o qué dicen sus píos. Imagino sus lances, sus hazañas, sus correrías por el arroyo buscando insectos, volando a ras del agua o deteniéndose en las orillas refrescando sus alas. Hablan de nidos, alguno ha tirado el viento. Conversan de las semillas de la siembra, tienen un sabor amargo por los herbicidas. Y no, no hay mucho que comer.  Les he puesto unas migas de pan en el suelo… Pero es muy peligroso lanzarse. Los gatos los observan y prefieren quedarse entre las ramas. Me cautiva su sencillez, su aparente insignificancia, su distante cercanía, su libertad y a la vez, la sumisión que dedican a los lugares que habitamos. Son mis vecinos y hoy, me siento muy feliz a su lado. 

©Julie Sopetrán

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EL HERRERILLO

Nada tan placentero como escuchar el canto de un pájaro en la ventana.

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La otra mañana, en mi ventana, vi a un herrerillo. Revoloteaba, luego se paró en la rama de olivo que todos los años, por costumbre,  pongo en Domingo de Ramos. Llovía, era un día de invierno. Quedó por largo rato en esa pose que muestro en la foto. Iba y venía, le gustaba mirarse en la cristalera. Otras veces se posaba en el cordel de la persiana columpiándose. Luego llegaron más, tres, cuatro herrerillos, cinco… Me alegraron el día. Observé sus alas azules, también su cola y cabeza del mismo color. Sus mejillas blancas y en su plumaje, divisé unos tonos verdosos y la parte inferior de su cuerpo, amarilla.  Cuando llegaban los otros herrerillos, percibí su trino, parecía entonar una especie de risa aguda, dulce, un tit tit tic que terminaba en tuc tuc y otras diversas vibraciones de canto.  Disfruté mirando sus gestos, sus revoloteos, sus poses. Posaban para mi y la emoción invadía ese instante tan cercano, tan vivo, tan especial e inesperado. Estas pequeñas cosas me hacen pensar que no estoy sola, que la naturaleza es magia y los seres que la habitamos necesitamos conocernos, comunicarnos, sentirnos, escucharnos o simplemente mirarnos aunque sea a través de los cristales para no asustarnos demasiado de nosotros mismos. Se marchaba y volvía. En su ausencia dejé la ventana abierta por si querían entrar a la casa. Durante casi un mes, estuvieron todas las mañanas conmigo y fue así, como conocí al Herrerillo: un pájaro increíblemente bello y necesario.


©Julie Sopetrán

LA LUNA LLENA

Es bueno detenerse en los detalles del misterio…

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Estos días la luna ha sido la protagonista de mis noches, tan brillante, tan intensa, tan luminosa… que me hacía olvidar las tinieblas. De repente las sombras se disipaban y el sueño daba paso a la contemplación de esa belleza estelar de la media luz cargada de esas suavidades que estimulan la imaginación desde cualquier ángulo de la puerta o de la ventana. La caricia de una luz suave y delicada le daba otro perfil a las cosas, los árboles, las flores, las lomas, el mar, la pequeña orografía que abarcaban mis ojos, me ofrecían las imágenes desde otra dimensión, que en otros momentos, me hubieran pasado desapercibidos. Disfruté los realces, los montículos, las geometrías del cerro que rodea mi casa y hasta divisé las pequeñas almendras ya casi maduras en octubre. Es bueno detenerse en los detalles del misterio. Le sonreí a la noche,  supe que la luna me sonreía por encima de todo, incluso por debajo del agua del estanque. Supe también, que con ella, nada es exacto, su redondez dura el instante y aquel era un momento para la observación de su belleza conectada a mi interior por un hilo de luz. Sus fases son las mías, se vuelve oscura y clara cuando quiere, enciende su linterna y la apaga para estar y no estar en los procesos de su caminar. Se esconde, reaparece, viaja, se pierde, llora, sonríe, es divina y humana, trágica y romántica… Nos parecemos tanto que hasta pude entender las secuencias de su fantasía guiadas por la intuición de un mismo instante…

©Julie Sopetrán

LA MÚSICA DEL PLACER

La excelencia del placer es el Amor.

 

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Escuché en mi ventana un canto que parecía susurro o un susurro que parecía canto. Un gorjeo bisilábico, familiar, especial… Me asomé a la ventana y era la música del placer de un tortolito y una tórtola que en la barandilla del corredor, expresaban plácidamente su amor. Frente a la casa, tengo algunas acacias donde anidan varias parejas de tórtolas que observo día a día en su devenir de vuelos y arrullos. Me conmovieron sus gestos de recreo, de placer, de armonía y de unión. Su forma de seducir, su ternura… ¿Sabían que les estaba haciendo fotos? Lo cierto es que no se espantaron al verme. Me sentí intrusa en un momento tan mágico. Pero no les afectó mi sorpresa. Se impregnaron más y más en su propia dulzura y debilidad. Dejé de creer en su timidez, admiré los gestos, las formas, pude ver la sumisión de ella, la decisión de él, los espavientos de las alas, los ademanes del placer, el deleite de los apegos… ¡Tanto y tan dulce y especial que nos conecta con los humanos!

Tal vez es la tórtola, una de mis aves favoritas, porque somos vecinas, porque nos llevamos bien, porque observamos el momento… Viéndolas, recordé a Abraham y su pacto con Jehová. Aquellas de Palestina cuando visité el Mar Muerto. O las que ofreció María en el templo…  El galanteo llegó al máximo embeleso y ya no dudo que también la tórtola, en su máxima grandeza, puede llegar al éxtasis.

©Julie Sopetrán

LOS DIBUJOS DEL AGUA

Porque todo es nuevo en un instante…

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Observando las olas al amanecer, mirando transparencias, ondulaciones, la caricia del agua sobre una arena limpia, pequeños golpes de mar que se dispersan suavizando el embate y recreando la belleza de las formas que dibujan corrientes y que a la vez, forman esas líneas juguetonas, efímeras, en la superficie de la playa… 

Curioseando sobre mis propios pasos me adentré en el cristal del agua, me sentí partícipe de la obra de arte que se deslizaba entre los dedos de mis pies, así corrí volviendo a mi niñez y sonreí mirando al mar y me llené de asombro viendo cómo entre la espuma se alejaban los años ya vividos…

Todo era nuevo en un instante.  Frente al mar pude percibir, imaginar, el esplendor del fondo, su misterio, su abismo, los precipicios las cavernas. Y sí, fue precioso palpar la lisura de la superficie más cercana, los planos y las formas de otra geometría inmediata, más dúctil y en bonanza… 

Percibiendo este instante ya mereció la pena ir al mar.

©Julie Sopetrán

MI VENTANA

Sólo abriendo ventanas, compartimos el cielo.

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No podría vivir sin ella, sin dejar que pase la luz, la ventilación a mi pequeño espacio. No podría saber qué día hace. Las nubes, la lluvia, el sol, las sombras, forman parte de su abertura sobre el suelo. Ella me regala posibilidades sin fin. Me hace sentir  a unos pies de la tierra, secunda mis ideas, es la sonrisa de los amaneceres y la esperanza de un día feliz. La ventana es también mi despertador. Mi madre la adornaba con geranios, costumbre que mantengo y cuido… Sus flores, su esencia, sus colores me recuerdan la fugacidad de las cosas, pero también la importancia de mantener vivo un sólo instante  de belleza. En invierno, mi ventana se desnuda, como los árboles; en primavera, es femenina y se vuelve coqueta y alegre. La ventana es altavoz de vida, desde ella les hablo a los gatos callejeros, sonrío con los mirlos que traviesamente picotean la tierra en la mañana o escucho el canto de las golondrinas o contemplo el paso del rebaño por el cerro… La ventana es también la puerta que da al mundo, que conecta con lo exterior, que trasciende y divulga noticias. Sin ventanas no nos visitarían las musas ni podrían irse los miedos. Sin una ventana abierta no podría escuchar al Amor ni sujetar mis manos en la verja o aspirar el aroma de una tierra mojada. Sin ventana, mis versos, no tendrían palabras.

©Julie Sopetrán

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Pintura inspirada en este trabajo y  enviada por la artista: 
Pilar San Andrés.

NUBES

Nubes: ideas temporales de nuestra intimidad…

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Cada vez que contemplo el cielo me sorprendo ante la fusión de los elementos: el aire, el agua, el fuego, la niebla… aquello que evoluciona en un instante, y envuelve la mirada, aquello que me asusta de repente y como por arte de magia, desaparece de la misma forma que llegó a mis ojos; las nubes que parecen llamas blancas, grises, aterciopeladas, incluso a veces negras moviéndose al antojo del viento entre esa quintaesencia que nos rodea y es extracto puro de nuestro ser y estar y sentir transitorio. Siempre me han fascinado las nubes, sus formas, sus metamorfosis, sus misterios exhibidos para agrandar nuestras miradas, para intuir ese más allá que se diluye en la magnitud de su propia esencia, no sin antes darnos la lluvia, el relámpago, el rayo… la frescura de su evolución o la bofetada de su enojo. Ellas vienen, van, se alejan, juegan, se enfrentan, se enojan, cantan… Y sí, lo mismo pueden ser ángeles que demonios… No puedo negar que me fascinan a la vez que me asustan… No puedo negar que me parezco a ellas.

©Julie Sopetrán

ARCOÍRIS

Cuando la Poesía habla sin palabras…

arco iris en Spetrán

Todavía se oye algún trueno, estoy de espalda al sol con mi cámara, me sorprendo,  los colores se van formando a través de los rayos del Sol en las gotas de lluvia, ese reflejo es como un suspiro divino que llega a la tierra justo frente a mis ojos. Este fenómeno meteorológico es fascinante, es uno de esos milagros de la naturaleza que me seducen y me asombran; no puedo entender del todo este milagro que la luz proyecta y refracta en las gotas de lluvia y cómo esta luz se descompone en colores formando esa misma curva de la tal menudencia de agua. Su filtro entre las nubes, sus siete colores exhibiendo belleza en forma de puente entre el cielo y la tierra. Me detengo mirando los colores: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo, violeta… y tantos más que se nos ocurren en la mirada, toda una gama que según Newton, componen la luz blanca del sol.  Creo que nunca viviré lo suficiente para entender este fenómeno óptico. Manifestación espectacular de todo un poema en vivo y sin palabras.


©Julie Sopetrán

LA DESNUDA INOCENCIA

Cuando la energía del mar nos vuelve niños…

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LA DESNUDA INOCENCIA

Porque según la ciencia, la vida comenzó en la mar y frente a esa inmensidad nos sentimos tan niños, tan desnudos, tan frágiles… Nos fascina su movimiento, su fuerza, su belleza. La contemplación del niño desnudo frente al agua, me sugiere la bondad y la maldad del mundo representada en la riqueza marina. Aunque en el placentero gusto del juego, presiento también la furia perversa del oleaje en los huracanes… En esa situación ambivalente de desnudez y frescura, es donde y cuando aprendemos a ser libres. Me atraen los azules, las espumas, los reflejos del sol en la húmeda arena. Siento el agua en mis pies descalzos y espero que la ola me empuje en su vaivén contradictorio de vivencias. Me fascina la vida en movimiento, los pasos de este niño viviente, el miedo, la candidez, el asombro, las nuevas sensaciones, la impresión, el estreno. Es el deseo de comunicarse con el misterio o de interpretar el mensaje del tiempo. Es el placer, la inconsciencia, el candor de sentir en la simpleza aparente de lo inmenso, lo que impulsa a los pies dar un paso… ¡Y son tantas, tantas cosas las que expresan la pureza del ser en el instante…!

©Julie Sopetrán

EL PERFIL DEL ORIGEN

El desarrollo de la flor sustenta la esperanza.

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EL PERFIL DEL ORIGEN 

Entre la variedad de árboles que me rodean, el primero en florecer es el almendro, se atreve a desafiar al frío, incluso se expone al hielo, por lo tanto a la muerte. Es por ello que me conmueve su ternura, su espontaneidad, su belleza asentada en esa bondad del primer atisbo de la primavera. Lo efímero, lo breve, lo fugaz, se me antoja en la flor que apenas al tocarla se deshoja.  Y en esa dulzura de lo momentáneo existe como una semiverdad  ancestral, algo que me transciende y se materializa en el instante. ¿Y cómo definir adecuadamente este milagro?  Podría decir que esta flor es lo que los griegos llamarían: «divinidad alegórica», no sólo por su estética, también por su floración que me produce Concordia, Alegría, Felicidad…   La esencia y la forma de la flor, su fugacidad, su belleza, me fascina, cinco pétalos tan frágiles entregados al capricho del viento, al azote de la lluvia, al beso del hielo o a mis torpes manos al tocarla…  Y sin embargo, cuánta belleza en un sólo almendro… Miles de flores, algunas apiñadas otras solas, sonrientes en esa transformación de sus brotes.    Es en ese instante, cuando la belleza se completa en la mirada y en el corazón reaparece el entusiasmo. 

©Julie Sopetrán

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