LA CASA DE LOS CAMINEROS

Todo está en el camino…

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En uno de los cruces de caminos muy cercano a donde yo vivo actualmente, hay una casa abandonada, es una reliquia del pasado. Era una casa grande, en realidad estaba dividida en dos casas en un mismo edificio, en ellas  vivían con sus familias, el capataz y el caminero de Obras Públicas. Su oficio consistía en limpiar las cunetas de las carreteras por las que íbamos y veníamos a la ciudad y a los diferentes pueblos vecinos. Las cunetas parecían pequeños jardines por donde pasaba el agua cuando llovía, era un deleite verlas tan limpias, tan cuidadas. Recuerdo ver al caminero, Juan, trabajar con su azada y su pala, paciente y  entregado a su oficio. Sus hijos iban conmigo a la escuela. Casimiro, el capataz, vigilaba el trabajo de Juan y a veces le ayudaba para que todo estuviera en orden y sin hierbas salvajes. El tiempo pasó, las normas públicas cambiaron, las dos familias se fueron a otros lugares, la casa quedó abandonada y con ella, también las cunetas de nuestras carreteras. Yo diría que nunca, nadie más, las ha vuelto a limpiar como lo hacían Juan y Casimiro. De vez en cuando veo una máquina con seis, siete hombres a su alrededor, todos de pie, pendientes de la máquina que, sólo consigue segar superficialmente la maleza pero nada que ver con el trabajo de los dos camineros. Y ahora ya no veo  ni las máquinas.  La hierba no sólo se apodera de las cunetas, están llegando a los mismísimos caminos de asfalto.  Y a esto, amigos, hoy, lo llamamos evolución y progreso.

©Julie Sopetrán

Cuneta Primavera 2020                                    Cuneta verano 2020

EL CARRO

Un emblema del trabajo agrícola…

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El carro me recuerda a mi padre. Me contaba, que su segundo trabajo era el de transportar mercancía a Madrid, y lo hacía con su carro tirado por mulas. El carro es un emblema de lo que ha sido el trabajo agrícola durante años, en las familias del campo. Todo se hacía con esfuerzo, a pie, con la fuerza de los animales. El carro es un ídolo, un dios, en ese  altar de los recuerdos del pueblo. Los perros, las mulas, los bueyes, tantos animales, que hoy ya no tienen la importancia que tenían en mi infancia… Quiero hacer honor también a la rueda prehistórica, el invento matriz de nuestra historia. Sin ella nada de lo que vivimos hoy hubiera sido posible. Gracias a ese impulso de la rueda y el carro y las mulas y los caballos y los bueyes… Así nacieron las rutas, los caminos reales, la caminería, la importancia de las vías pecuarias, las cañadas,  las carreteras y el tráfico de este mundo moderno. Es al carro, a la rueda, a la que hoy hago honor en mi pequeña reflexión del instante, tan veloz, tan fugaz, tan del olvido como la misma vida.  Podría enumerar mis subidas y bajadas al carro cuando era niña, el recuerdo de los paquetes de paja cargados en la caja de madera formando una torre… En las fiestas, con los carros se formaba una plaza de toros cargada de gente del pueblo… El carruaje de mis tíos, tirado por caballos, paseando el monte. El carro en la vendimia; en la siembra; en lo esencial de aquella economía… Mi homenaje al carro, a sus ruedas, sus varas para enganchar el tiro, sus traveseras, sus estribos, sus barales, su cabezales, sus tablas para sostener la carga, sus cadenas, sus ganchos, sus arneses, sus yugos, collarines y toda  su estructura arquitectónica de gran utilidad para el duro trabajo campesino. Y también sus leyendas que se quedaron en nuestros pequeños y grandes recuerdos de por vida. 

©Julie Sopetrán

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