LA CIGÜEÑA

Desde aquella lejana infancia…¡FELIZ NAVIDAD!

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LA CIGÜEÑA                        

Ayer por la tarde contemplé un sorprendente espectáculo. Más de quinientas cigüeñas llegaron a la chopera frente a casa armando un gran revuelo en el entorno. Algunas se instalaron en los viejos almendros, otras, se posaron en los palomares… Fue todo un jolgorio entre los árboles. Sin duda prefieren las alturas. Pensé que no es la época, su paso o su presencia por estas tierras, suelen hacerlo en Febrero. Por algo los campesinos repiten el refrán: “Por San Blas, la cigüeña verás”. Es una preciosa ave de paso, alta, elegante, su cuello estilizado, su cuerpo blanco y sus alas negras como el día y la noche. Desde niña la vi hacer su nido en la torre de la Iglesia de mi pueblo, me parecía una diosa. Cuando nacía algún niño fuera varón o hembra, mi abuela, me decía que lo había traído la cigüeña y desde mi creencia la admiraba pensando en su hermoso oficio de traer seres a este mundo. No sé si han escuchado su crotorar o su castañetear, ese ruido de tambor que hacen con su pico alargado… Ahora recuerdo que con aquellas enseñanzas de la abuela, yo asociaba el nacimiento del Niño Dios con la cigüeña, y pensaba que había sido ella, quien había llevado  al Niño Jesús al Portal de Belén… Hoy, al verlas en Navidad, me gustó recordar aquellos pensamientos de la infancia, tan lejos y tan cerca del misterio.  Y recordando aquella inocencia de mi lejana infancia, deseo a mis lectores y amigos una FELIZ NAVIDAD.  

 ©Julie Sopetrán 

EL BALCÓN

En un pueblo abandonado…

 

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Me gustan los balcones, esas plataformas que emergen de las fachadas como si tuvieran una identidad propia y le dieran personalidad al edificio donde se encuentran. Una casa sin balcón, es como si estuviera ciega, muda, ausente, como si no supiera mirar a ningún sitio.  Siempre me fijo en las balaustradas, me encantan las que son de metal, de hierro viejo, las que dejan correr el aire.  Me gustan los balcones llenos de flores, donde los geranios o los claveles, exhiben vivos colores y alegran esas calles estrechas o amplias por donde pasan todas las estaciones del año haciendo honor a sus temperaturas atmosféricas… Así recuerdo los balcones cerrados de invierno, los abiertos de par en par de verano, los entornados de otoño y primavera… El balcón es la boca de una casa, su respiración, una boca que besa y ríe, que gime y canta nuestros hábitos. En los balcones podemos exhibir lo que somos, lo que sentimos, lo que hacemos cada día, hacia dónde miramos… Desde el balcón, podemos ver la luz, la luna, las estrellas y podemos cantar y soñar y ver siempre lo que queremos, el aspecto, la apariencia del pueblo al amanecer, ojear lo que hace el vecino en su puerta, hacia donde va fulanito tan temprano, descubrir el primero o el último rayo del sol que nos alumbra.    Hace unos días visité un pueblo abandonado y no pude por menos que llorar frente a uno de sus viejos balcones. Os lo dejo, amigos, para que vosotros sigáis encontrando recuerdos en sus rejas.

©Julie Sopetrán

LA NUBE

Una obra de arte expuesta en el cielo.

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Existen fenómenos atmosféricos que me sorprenden como esta nube que a simple vista diría que es una fantasía. Pero bien pueden ser nubes lenticulares que aunque parecen auténticos platillos volantes, tan sólo son cúmulos nubosos formados por el viento y la humedad. Los expertos dicen que se ven sobre todo en lugares montañosos, sin embargo, pude captar la foto desde la misma puerta de mi casa en el campo y en un lugar totalmente llano. Sea lo que sea, sobre todo me llama la atención su forma artística, su arquitectura, su colorido, es como si admirara una auténtica obra de arte expuesta en el cielo.  No es la primera vez que he captado estas nubes con diferentes formas geométricas, que me sugieren, no lo que los meteorólogos llaman falsas visiones, no, yo creo que son auténticas bellezas que no se sabe quien las exhibe ante nuestros ojos, no para saber si es o no una ficción, pero sí, para recrear nuestra sensibilidad, para sentirnos parte de una naturaleza viva, diversa, hermosa, agradable… El hecho de esta contemplación, a mi por lo menos, me hace sentir persona cercana a la naturaleza y a su gran magnitud. Y sí, es importante percibir que somos parte del universo y que podemos ensanchar nuestro espíritu ante lo inexplicable.

©Julie Sopetrán

 

UN DIBUJO EN LA ARENA

El Arte siempre está vivo en el camino.

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A veces me gusta caminar por lugares extraños. Me atraen las ruinas, tal vez porque he crecido entre ellas. Pero no son lo mismo las ruinas de un monasterio que las de una mina de plata. Ambas representan la vida muerta. Es una sensación desoladora. Es la conmoción que te hace pensar en lo que ha sido y ya no es. Incluso sientes, lazos que no has vivido,  pero te inquietan, porque quedan desprovistos de amparo o comodidad funcional. En esta mina de plata, abandonada, me adentré en lo que, en su momento, fue un lavadero del preciado metal, ya no tenía agua, sólo un inmenso campo de arena, donde había dunas desquebrajadas, árboles secos… Observé, en esa materialidad destruida, huellas multiformes, apariencias extrañas, aspectos geométricos, dibujos abstractos que tal vez se han configurado de forma espontánea a través del viento y la lluvia. Algunas piedras dispersas, rastros de lavado que daban un brillo especial al lugar a través de los rayos del sol, reposando huellas de aquel preciado metal blanco, brillante, dúctil y maleable de la plata. Hice algunas fotos pero entre ellas presté especial atención a la que muestro hoy. Es un dibujo raro, casual, sugerente, hecho por la naturaleza del abandono en la arena desoladora de esta mina abandonada en plena sierra. La realidad nunca se destruye del todo. Y el arte, si observamos, siempre está vivo en los caminos.

©Julie Sopetrán

HUELLAS EN LA ARENA

Todo es la síntesis de lo desconocido.

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El alma quedó impresa en la huella
madre abrazando a su hijo, dibujo abstracto, estela
trazo de sensaciones
tres, cuatro, cinco en el abrazo de las coincidencias
Suavidad de la arena, conexión con las formas
geométricas
y estaba allí la piedra, templo y montaña o diminuto pozo
de visual nitidez cósmica.
Y todo lo hizo el agua en los espacios de la arena
obra de arte ajena al mar en el conjunto
ideológico del símbolo, como si fuera una elevación gradual del instante
creando en el contacto de los dedos con la arena,
la ilusión óptica y efímera de las formas.
El sol comunicó su esencia en la sombra para entender el probable significado
del nervio de la bóveda que es piedra. Y no, no es el dedo de Dios,
es el de una mujer
caminando sola por la playa a la búsqueda del sentido indudable
que concreta lo real en lo abstracto.
No, no se puede leer lo que está escrito, el agua altera el lenguaje
y la armonía es momento. Todo es la síntesis de lo desconocido
y el Arte, todo el Arte es nuestra huella.

 ©Julie Sopetrán