EL HERRERILLO

Nada tan placentero como escuchar el canto de un pájaro en la ventana.

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La otra mañana, en mi ventana, vi a un herrerillo. Revoloteaba, luego se paró en la rama de olivo que todos los años, por costumbre,  pongo en Domingo de Ramos. Llovía, era un día de invierno. Quedó por largo rato en esa pose que muestro en la foto. Iba y venía, le gustaba mirarse en la cristalera. Otras veces se posaba en el cordel de la persiana columpiándose. Luego llegaron más, tres, cuatro herrerillos, cinco… Me alegraron el día. Observé sus alas azules, también su cola y cabeza del mismo color. Sus mejillas blancas y en su plumaje, divisé unos tonos verdosos y la parte inferior de su cuerpo, amarilla.  Cuando llegaban los otros herrerillos, percibí su trino, parecía entonar una especie de risa aguda, dulce, un tit tit tic que terminaba en tuc tuc y otras diversas vibraciones de canto.  Disfruté mirando sus gestos, sus revoloteos, sus poses. Posaban para mi y la emoción invadía ese instante tan cercano, tan vivo, tan especial e inesperado. Estas pequeñas cosas me hacen pensar que no estoy sola, que la naturaleza es magia y los seres que la habitamos necesitamos conocernos, comunicarnos, sentirnos, escucharnos o simplemente mirarnos aunque sea a través de los cristales para no asustarnos demasiado de nosotros mismos. Se marchaba y volvía. En su ausencia dejé la ventana abierta por si querían entrar a la casa. Durante casi un mes, estuvieron todas las mañanas conmigo y fue así, como conocí al Herrerillo: un pájaro increíblemente bello y necesario.


©Julie Sopetrán

LOS DIBUJOS DEL AGUA

Porque todo es nuevo en un instante…

los dibujos del agua

Observando las olas al amanecer, mirando transparencias, ondulaciones, la caricia del agua sobre una arena limpia, pequeños golpes de mar que se dispersan suavizando el embate y recreando la belleza de las formas que dibujan corrientes y que a la vez, forman esas líneas juguetonas, efímeras, en la superficie de la playa… 

Curioseando sobre mis propios pasos me adentré en el cristal del agua, me sentí partícipe de la obra de arte que se deslizaba entre los dedos de mis pies, así corrí volviendo a mi niñez y sonreí mirando al mar y me llené de asombro viendo cómo entre la espuma se alejaban los años ya vividos…

Todo era nuevo en un instante.  Frente al mar pude percibir, imaginar, el esplendor del fondo, su misterio, su abismo, los precipicios las cavernas. Y sí, fue precioso palpar la lisura de la superficie más cercana, los planos y las formas de otra geometría inmediata, más dúctil y en bonanza… 

Percibiendo este instante ya mereció la pena ir al mar.

©Julie Sopetrán

MI VENTANA

Sólo abriendo ventanas, compartimos el cielo.

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No podría vivir sin ella, sin dejar que pase la luz, la ventilación a mi pequeño espacio. No podría saber qué día hace. Las nubes, la lluvia, el sol, las sombras, forman parte de su abertura sobre el suelo. Ella me regala posibilidades sin fin. Me hace sentir  a unos pies de la tierra, secunda mis ideas, es la sonrisa de los amaneceres y la esperanza de un día feliz. La ventana es también mi despertador. Mi madre la adornaba con geranios, costumbre que mantengo y cuido… Sus flores, su esencia, sus colores me recuerdan la fugacidad de las cosas, pero también la importancia de mantener vivo un sólo instante  de belleza. En invierno, mi ventana se desnuda, como los árboles; en primavera, es femenina y se vuelve coqueta y alegre. La ventana es altavoz de vida, desde ella les hablo a los gatos callejeros, sonrío con los mirlos que traviesamente picotean la tierra en la mañana o escucho el canto de las golondrinas o contemplo el paso del rebaño por el cerro… La ventana es también la puerta que da al mundo, que conecta con lo exterior, que trasciende y divulga noticias. Sin ventanas no nos visitarían las musas ni podrían irse los miedos. Sin una ventana abierta no podría escuchar al Amor ni sujetar mis manos en la verja o aspirar el aroma de una tierra mojada. Sin ventana, mis versos, no tendrían palabras.

©Julie Sopetrán

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Pintura inspirada en este trabajo y  enviada por la artista: 
Pilar San Andrés.

ARCOÍRIS

Cuando la Poesía habla sin palabras…

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Todavía se oye algún trueno, estoy de espalda al sol con mi cámara, me sorprendo,  los colores se van formando a través de los rayos del Sol en las gotas de lluvia, ese reflejo es como un suspiro divino que llega a la tierra justo frente a mis ojos. Este fenómeno meteorológico es fascinante, es uno de esos milagros de la naturaleza que me seducen y me asombran; no puedo entender del todo este milagro que la luz proyecta y refracta en las gotas de lluvia y cómo esta luz se descompone en colores formando esa misma curva de la tal menudencia de agua. Su filtro entre las nubes, sus siete colores exhibiendo belleza en forma de puente entre el cielo y la tierra. Me detengo mirando los colores: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo, violeta… y tantos más que se nos ocurren en la mirada, toda una gama que según Newton, componen la luz blanca del sol.  Creo que nunca viviré lo suficiente para entender este fenómeno óptico. Manifestación espectacular de todo un poema en vivo y sin palabras.


©Julie Sopetrán

LA DESNUDA INOCENCIA

Cuando la energía del mar nos vuelve niños…

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LA DESNUDA INOCENCIA

Porque según la ciencia, la vida comenzó en la mar y frente a esa inmensidad nos sentimos tan niños, tan desnudos, tan frágiles… Nos fascina su movimiento, su fuerza, su belleza. La contemplación del niño desnudo frente al agua, me sugiere la bondad y la maldad del mundo representada en la riqueza marina. Aunque en el placentero gusto del juego, presiento también la furia perversa del oleaje en los huracanes… En esa situación ambivalente de desnudez y frescura, es donde y cuando aprendemos a ser libres. Me atraen los azules, las espumas, los reflejos del sol en la húmeda arena. Siento el agua en mis pies descalzos y espero que la ola me empuje en su vaivén contradictorio de vivencias. Me fascina la vida en movimiento, los pasos de este niño viviente, el miedo, la candidez, el asombro, las nuevas sensaciones, la impresión, el estreno. Es el deseo de comunicarse con el misterio o de interpretar el mensaje del tiempo. Es el placer, la inconsciencia, el candor de sentir en la simpleza aparente de lo inmenso, lo que impulsa a los pies dar un paso… ¡Y son tantas, tantas cosas las que expresan la pureza del ser en el instante…!

©Julie Sopetrán

EL PERFIL DEL ORIGEN

El desarrollo de la flor sustenta la esperanza.

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EL PERFIL DEL ORIGEN 

Entre la variedad de árboles que me rodean, el primero en florecer es el almendro, se atreve a desafiar al frío, incluso se expone al hielo, por lo tanto a la muerte. Es por ello que me conmueve su ternura, su espontaneidad, su belleza asentada en esa bondad del primer atisbo de la primavera. Lo efímero, lo breve, lo fugaz, se me antoja en la flor que apenas al tocarla se deshoja.  Y en esa dulzura de lo momentáneo existe como una semiverdad  ancestral, algo que me transciende y se materializa en el instante. ¿Y cómo definir adecuadamente este milagro?  Podría decir que esta flor es lo que los griegos llamarían: “divinidad alegórica”, no sólo por su estética, también por su floración que me produce Concordia, Alegría, Felicidad…   La esencia y la forma de la flor, su fugacidad, su belleza, me fascina, cinco pétalos tan frágiles entregados al capricho del viento, al azote de la lluvia, al beso del hielo o a mis torpes manos al tocarla…  Y sin embargo, cuánta belleza en un sólo almendro… Miles de flores, algunas apiñadas otras solas, sonrientes en esa transformación de sus brotes.    Es en ese instante, cuando la belleza se completa en la mirada y en el corazón reaparece el entusiasmo. 

©Julie Sopetrán

LA ZANJA Y EL ESPEJO

…porque nunca sabemos quien habita a nuestro alrededor…

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 Un cauce sumergido entre los trigales, reposa el cielo en sus espejos, mientras las espigas se miran en la serenidad del agua embarrada. Se abren zanjas que no se ven. El lodo penetra las grietas abiertas a las humedades y el agua, es el agua, lo que transforma todo en belleza, porque se estanca en la transparencia de su propio fango. Y no es un charco, tampoco una marisma, podría ser ciénaga pero va en línea recta y cruza el trigal para perderse en la nada de un barbecho estéril. La zanja es una vena artificial que diseña el hombre en su tarea campesina. Las aves lo celebran chapoteando sus alas cuando ya el calor dora los campos.
Me adentro en su cauce. Me seduce la tierra, el agua, el barro… La superficie de lo desconocido. Mis pies se adentran en la arcilla. Me detengo. Entre dos piedras una serpiente observa mis pasos. La zanja está habitada. Soy una intrusa.

©Julie Sopetrán