ATRAPADA

Nunca sabemos lo que existe a nuestras espaldas. Parece que avanzamos pero retrocedemos. Un hilo nos maneja. Huimos, nos balanceamos, intuimos que, algo, alguien, nos apresa. Hoy estaba regando los geranios en mi ventana, había algunas hojas secas entre las verdes, las arranqué y las tiré por uno de los huecos al huerto. Cual no sería mi sorpresa al ver que una de ellas, se quedó en el aire, atrapada en el vacío. Me pareció sorprendente su aislamiento dejándose flotar en el espacio sin ninguna sujeción. Me fui corriendo a por la cámara fotográfica y le hice varias fotos. Después, me di cuenta que una finísima tela de araña, la había apresado muy sutilmente. Invisible captura o secuestro que me sirvió de reflexión todo el día. Su prisión me dejó perpleja. Me detuve y vi en mi propio arresto, una gran semejanza. Su fragilidad, como la mía, tiende de un hilo… Sin duda, en un instante, pasan cosas nefastas, maravillosas y de repente es el tiempo quien las detiene para poder digerir los misterios. Nada y todo es transitorio en nuestra soledad. Y no, no es fácil capturar el instante, hacerlo nuestro, conocer el significado de lo que nos rodea. ¿Qué araña oculta y caprichosa maneja los hilos que, tan sutilmente, puede atraparnos y mantenernos en el aire a su antojo y con qué fin? Durante toda la mañana, la hoja seca, quedó suspendida de varios hilos que aunque lo parecían… no eran transparentes.

Julie Sopetrán

LA CASA DE LOS CAMINEROS

Todo está en el camino…

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En uno de los cruces de caminos muy cercano a donde yo vivo actualmente, hay una casa abandonada, es una reliquia del pasado. Era una casa grande, en realidad estaba dividida en dos casas en un mismo edificio, en ellas  vivían con sus familias, el capataz y el caminero de Obras Públicas. Su oficio consistía en limpiar las cunetas de las carreteras por las que íbamos y veníamos a la ciudad y a los diferentes pueblos vecinos. Las cunetas parecían pequeños jardines por donde pasaba el agua cuando llovía, era un deleite verlas tan limpias, tan cuidadas. Recuerdo ver al caminero, Juan, trabajar con su azada y su pala, paciente y  entregado a su oficio. Sus hijos iban conmigo a la escuela. Casimiro, el capataz, vigilaba el trabajo de Juan y a veces le ayudaba para que todo estuviera en orden y sin hierbas salvajes. El tiempo pasó, las normas públicas cambiaron, las dos familias se fueron a otros lugares, la casa quedó abandonada y con ella, también las cunetas de nuestras carreteras. Yo diría que nunca, nadie más, las ha vuelto a limpiar como lo hacían Juan y Casimiro. De vez en cuando veo una máquina con seis, siete hombres a su alrededor, todos de pie, pendientes de la máquina que, sólo consigue segar superficialmente la maleza pero nada que ver con el trabajo de los dos camineros. Y ahora ya no veo  ni las máquinas.  La hierba no sólo se apodera de las cunetas, están llegando a los mismísimos caminos de asfalto.  Y a esto, amigos, hoy, lo llamamos evolución y progreso.

©Julie Sopetrán

Cuneta Primavera 2020                                    Cuneta verano 2020

EL CARRO

Un emblema del trabajo agrícola…

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El carro me recuerda a mi padre. Me contaba, que su segundo trabajo era el de transportar mercancía a Madrid, y lo hacía con su carro tirado por mulas. El carro es un emblema de lo que ha sido el trabajo agrícola durante años, en las familias del campo. Todo se hacía con esfuerzo, a pie, con la fuerza de los animales. El carro es un ídolo, un dios, en ese  altar de los recuerdos del pueblo. Los perros, las mulas, los bueyes, tantos animales, que hoy ya no tienen la importancia que tenían en mi infancia… Quiero hacer honor también a la rueda prehistórica, el invento matriz de nuestra historia. Sin ella nada de lo que vivimos hoy hubiera sido posible. Gracias a ese impulso de la rueda y el carro y las mulas y los caballos y los bueyes… Así nacieron las rutas, los caminos reales, la caminería, la importancia de las vías pecuarias, las cañadas,  las carreteras y el tráfico de este mundo moderno. Es al carro, a la rueda, a la que hoy hago honor en mi pequeña reflexión del instante, tan veloz, tan fugaz, tan del olvido como la misma vida.  Podría enumerar mis subidas y bajadas al carro cuando era niña, el recuerdo de los paquetes de paja cargados en la caja de madera formando una torre… En las fiestas, con los carros se formaba una plaza de toros cargada de gente del pueblo… El carruaje de mis tíos, tirado por caballos, paseando el monte. El carro en la vendimia; en la siembra; en lo esencial de aquella economía… Mi homenaje al carro, a sus ruedas, sus varas para enganchar el tiro, sus traveseras, sus estribos, sus barales, su cabezales, sus tablas para sostener la carga, sus cadenas, sus ganchos, sus arneses, sus yugos, collarines y toda  su estructura arquitectónica de gran utilidad para el duro trabajo campesino. Y también sus leyendas que se quedaron en nuestros pequeños y grandes recuerdos de por vida. 

©Julie Sopetrán

EL NIDO

La arquitectura que no vemos

 

 

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En la acacia que tengo frente a casa, ocurren muchas cosas. Podría comparar, según las horas y las estaciones otoñales, momentos que se parecen mucho a cualquier plaza de ciudad o de pueblo. A lo largo del año, he ido observando, desde su primer material, la construcción de un nido.  Trabajo ejemplar que las aves dejan ante mis ojos. Desde niña, me fascinan los nidos, a veces caen al suelo, los recojo, los guardo como verdaderas obras de arte. Pero este que ven, lleva más de dos años resistiendo la lluvia, los vientos, las inclemencias del tiempo, que son muchas… Admiro cómo conserva el equilibrio, lo bien construido que está, me fascinan sus materiales, su engranaje, su fortaleza… ¿Se puede en una rama mantener tanto esplendor?. Son gorriones los que viven normalmente en la acacia, también tórtolas y algún que otro mirlo. El macho, un poco más grande que la hembra, vigila para que al nido no lo invadan otras aves.  Con su pico grueso y cónico que va cambiando de color según la estación, él sabe defender muy bien su posesión. Admiro su plumaje gris, su mancha más oscura en el pecho, su antifaz, sus patitas rosadas… Del gorrión podría estar hablando todo el día, vive conmigo. Y os aseguro que es mucho más inteligente y curioso que yo. Como a mi, le gustan los jardines, las choperas, los caminos llenos de árboles, las huertas, las calles, las plazas, los lugares concurridos pero también los solitarios. Son confiados, les gusta la gente, habitan donde habitamos por eso es tan cercano, tan amable, tan nuestro. Me encanta la rapidez de sus andares. Su vida social al atardecer, sus concurridas charlas en la acacia, es un verdadero deleite, escuchar sus gorjeos.  Construyen los nidos con hojas secas, plumas, papel, pero engranan de tal manera la construcción, que perdura varias crías sin caerse y tanto el macho como la hembra, se turnan para incubar los huevos.  Es un ave que existe en todo el mundo y lamentablemente está en extinción, como el propio ser humano, gracias a herbicidas, plaguicidas y demás medios agrícolas de nuestros días. Su nido es testigo del arte natural, de la gran belleza que un ser tan diminuto nos ofrece cual si fuera un poema arquitectónico, épico,  que nos habla de la imaginación y el entusiasmo, del día a día de un trino repetitivo que siendo viejo es nuevo y que siendo sencillo, es sublime.  

©Julie Sopetrán

LA NUBE

Una obra de arte expuesta en el cielo.

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Existen fenómenos atmosféricos que me sorprenden como esta nube que a simple vista diría que es una fantasía. Pero bien pueden ser nubes lenticulares que aunque parecen auténticos platillos volantes, tan sólo son cúmulos nubosos formados por el viento y la humedad. Los expertos dicen que se ven sobre todo en lugares montañosos, sin embargo, pude captar la foto desde la misma puerta de mi casa en el campo y en un lugar totalmente llano. Sea lo que sea, sobre todo me llama la atención su forma artística, su arquitectura, su colorido, es como si admirara una auténtica obra de arte expuesta en el cielo.  No es la primera vez que he captado estas nubes con diferentes formas geométricas, que me sugieren, no lo que los meteorólogos llaman falsas visiones, no, yo creo que son auténticas bellezas que no se sabe quien las exhibe ante nuestros ojos, no para saber si es o no una ficción, pero sí, para recrear nuestra sensibilidad, para sentirnos parte de una naturaleza viva, diversa, hermosa, agradable… El hecho de esta contemplación, a mi por lo menos, me hace sentir persona cercana a la naturaleza y a su gran magnitud. Y sí, es importante percibir que somos parte del universo y que podemos ensanchar nuestro espíritu ante lo inexplicable.

©Julie Sopetrán

 

UN DIBUJO EN LA ARENA

El Arte siempre está vivo en el camino.

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A veces me gusta caminar por lugares extraños. Me atraen las ruinas, tal vez porque he crecido entre ellas. Pero no son lo mismo las ruinas de un monasterio que las de una mina de plata. Ambas representan la vida muerta. Es una sensación desoladora. Es la conmoción que te hace pensar en lo que ha sido y ya no es. Incluso sientes, lazos que no has vivido,  pero te inquietan, porque quedan desprovistos de amparo o comodidad funcional. En esta mina de plata, abandonada, me adentré en lo que, en su momento, fue un lavadero del preciado metal, ya no tenía agua, sólo un inmenso campo de arena, donde había dunas desquebrajadas, árboles secos… Observé, en esa materialidad destruida, huellas multiformes, apariencias extrañas, aspectos geométricos, dibujos abstractos que tal vez se han configurado de forma espontánea a través del viento y la lluvia. Algunas piedras dispersas, rastros de lavado que daban un brillo especial al lugar a través de los rayos del sol, reposando huellas de aquel preciado metal blanco, brillante, dúctil y maleable de la plata. Hice algunas fotos pero entre ellas presté especial atención a la que muestro hoy. Es un dibujo raro, casual, sugerente, hecho por la naturaleza del abandono en la arena desoladora de esta mina abandonada en plena sierra. La realidad nunca se destruye del todo. Y el arte, si observamos, siempre está vivo en los caminos.

©Julie Sopetrán

EL DÍA QUE NEVÓ

Cuando nieva, los caminos se borran…

 

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EL DÍA QUE NEVÓ 

Me gusta observar las precipitaciones, lo que cae del cielo, la lluvia, el granizo, la nieve… Ver cómo el camino, los árboles, los campos, el monte, se cubren de blanco, es algo mágico, atractivo, misterioso. Es como si de repente la tierra nos regalara una sonrisa luminosa, cristalizada, transparente. El primer impulso es dejar tu huella en su blancura, pisarla y crear un camino incierto… ya que cuando nieva los caminos se borran y no sabes en qué dirección orientar tus pasos. La nieve lo que tiene de bella lo tiene de peligrosa y parece que es limpia pero ensucia las calles, los portales, las plazas… Este año sólo nevó un día y los campos se medio cubrieron de blanco, aún así, disfruté su belleza, el contraste del blanco con el azul del cielo y la diferencia entre el blanco y el verde musgo en el camino del monte. Entre esas grandes verdades de la naturaleza, la nieve siempre me deja pensando en la inmensidad y la dulzura con la que cubre no sólo las montañas, también los paisajes planos, las veredas… No hace ruido, cae silenciosa, lo cubre todo, acaricia los bosques, se manifiesta sigilosa, es una Dama Blanca de Invierno muy afable… Mirarla, proporciona un gran placer, adentrarse en esa contemplación de un campo nevado es elevar el espíritu en el disfrute de lo que es diferente… Son momentos que te vuelven a la niñez y te dan ganas e crear el muñeco de nieve que duraba unos días en la plaza o en las eras del pueblo. ¿Y quién no quiere volver a la infancia para tocar esa luz de la nieve con las manos? Esa luz que dura tan poco, que se deshace en la mirada mientras te envuelven los fríos invernales. Y es así como amo la nieve desde la observación del paisaje que me rodea.

©Julie Sopetrán

LOS DIBUJOS DEL AGUA

Porque todo es nuevo en un instante…

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Observando las olas al amanecer, mirando transparencias, ondulaciones, la caricia del agua sobre una arena limpia, pequeños golpes de mar que se dispersan suavizando el embate y recreando la belleza de las formas que dibujan corrientes y que a la vez, forman esas líneas juguetonas, efímeras, en la superficie de la playa… 

Curioseando sobre mis propios pasos me adentré en el cristal del agua, me sentí partícipe de la obra de arte que se deslizaba entre los dedos de mis pies, así corrí volviendo a mi niñez y sonreí mirando al mar y me llené de asombro viendo cómo entre la espuma se alejaban los años ya vividos…

Todo era nuevo en un instante.  Frente al mar pude percibir, imaginar, el esplendor del fondo, su misterio, su abismo, los precipicios las cavernas. Y sí, fue precioso palpar la lisura de la superficie más cercana, los planos y las formas de otra geometría inmediata, más dúctil y en bonanza… 

Percibiendo este instante ya mereció la pena ir al mar.

©Julie Sopetrán

MI VENTANA

Sólo abriendo ventanas, compartimos el cielo.

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No podría vivir sin ella, sin dejar que pase la luz, la ventilación a mi pequeño espacio. No podría saber qué día hace. Las nubes, la lluvia, el sol, las sombras, forman parte de su abertura sobre el suelo. Ella me regala posibilidades sin fin. Me hace sentir  a unos pies de la tierra, secunda mis ideas, es la sonrisa de los amaneceres y la esperanza de un día feliz. La ventana es también mi despertador. Mi madre la adornaba con geranios, costumbre que mantengo y cuido… Sus flores, su esencia, sus colores me recuerdan la fugacidad de las cosas, pero también la importancia de mantener vivo un sólo instante  de belleza. En invierno, mi ventana se desnuda, como los árboles; en primavera, es femenina y se vuelve coqueta y alegre. La ventana es altavoz de vida, desde ella les hablo a los gatos callejeros, sonrío con los mirlos que traviesamente picotean la tierra en la mañana o escucho el canto de las golondrinas o contemplo el paso del rebaño por el cerro… La ventana es también la puerta que da al mundo, que conecta con lo exterior, que trasciende y divulga noticias. Sin ventanas no nos visitarían las musas ni podrían irse los miedos. Sin una ventana abierta no podría escuchar al Amor ni sujetar mis manos en la verja o aspirar el aroma de una tierra mojada. Sin ventana, mis versos, no tendrían palabras.

©Julie Sopetrán

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Pintura inspirada en este trabajo y  enviada por la artista: 
Pilar San Andrés.

NUBES

Nubes: ideas temporales de nuestra intimidad…

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Cada vez que contemplo el cielo me sorprendo ante la fusión de los elementos: el aire, el agua, el fuego, la niebla… aquello que evoluciona en un instante, y envuelve la mirada, aquello que me asusta de repente y como por arte de magia, desaparece de la misma forma que llegó a mis ojos; las nubes que parecen llamas blancas, grises, aterciopeladas, incluso a veces negras moviéndose al antojo del viento entre esa quintaesencia que nos rodea y es extracto puro de nuestro ser y estar y sentir transitorio. Siempre me han fascinado las nubes, sus formas, sus metamorfosis, sus misterios exhibidos para agrandar nuestras miradas, para intuir ese más allá que se diluye en la magnitud de su propia esencia, no sin antes darnos la lluvia, el relámpago, el rayo… la frescura de su evolución o la bofetada de su enojo. Ellas vienen, van, se alejan, juegan, se enfrentan, se enojan, cantan… Y sí, lo mismo pueden ser ángeles que demonios… No puedo negar que me fascinan a la vez que me asustan… No puedo negar que me parezco a ellas.

©Julie Sopetrán

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