LOS CARDOS BORRIQUEROS

… las espinas de lo desconocido…

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LOS CARDOS BORRIQUEROS

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Cuando era niña, recuerdo ir a escardar los campos sembrados de trigo y cebada, iba con mis tías que con mucha habilidad los arrancaban o cortaban con la escardilla. Mis tías pasaban muchas horas escardando y yo por las tardes, les llevaba la merienda en un talego. Recuerdo aquellos cardos, altos, fuertes y llenos de espinas. Me acercaba a ellos casi con miedo, pero quería admirar sus flores moradas que con el calor, pronto se volvían blancas. Rara era la vez que no me pinchara con sus hojas muy espinosas. Mi padre me decía que eran cardos borriqueros. Y los llamaban así, porque cuando todavía la planta estaba tierna y no tenía espinas, a los burros les gustaba comerla. Muchos, los que no se habían escardado, crecían, duraban todo el verano muy altivos en los bordes de los caminos o en las tierras baldías. Hoy en los campos que habito, abundan, algunos superan el metro de altura y son tan fuertes que es difícil cortarlos sin pincharte. Mi abuela, cuando las pencas del cardo ya estaban secas, las cortaba, quedaban como varas, las limpiaba con guantes y en la época de la vendimia, en esas pencas limpias, dejaba un ganchito en lo que era el principio del grueso de la hoja y allí colgaba los racimos de uvas para que se orearan… Recuerdo que la vara del cardo se convertía en toda una obra de arte dentro de la casa, obra que servía para exhibir el fruto de la vid. Y sí, he de decir que admiro la belleza del cardo borriquero, sus flores, sus transformaciones, incluso su austeridad, me cautivan.  Sabemos que, metafóricamente, si alguien te dice que eres un cardo, recurres a la aspereza de la personalidad, y entiendes que eres una persona desabrida, pero si además le añades borriquero, te está diciendo que eres un verdadero necio o una persona muy torpe, capaz de exhibir cualquier arrogancia nada grata para los demás… Desafortunadamente este tipo de personas, abundan en nuestros días y son peores que los cardos, nos dirigen, nos manipulan, nos maltratan… El mundo está sembrado de cardos borriqueros. Yo me quedo con la belleza que esta planta aporta al espíritu.

 

©Julie Sopetrán

EL CARRO

Un emblema del trabajo agrícola…

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El carro me recuerda a mi padre. Me contaba, que su segundo trabajo era el de transportar mercancía a Madrid, y lo hacía con su carro tirado por mulas. El carro es un emblema de lo que ha sido el trabajo agrícola durante años, en las familias del campo. Todo se hacía con esfuerzo, a pie, con la fuerza de los animales. El carro es un ídolo, un dios, en ese  altar de los recuerdos del pueblo. Los perros, las mulas, los bueyes, tantos animales, que hoy ya no tienen la importancia que tenían en mi infancia… Quiero hacer honor también a la rueda prehistórica, el invento matriz de nuestra historia. Sin ella nada de lo que vivimos hoy hubiera sido posible. Gracias a ese impulso de la rueda y el carro y las mulas y los caballos y los bueyes… Así nacieron las rutas, los caminos reales, la caminería, la importancia de las vías pecuarias, las cañadas,  las carreteras y el tráfico de este mundo moderno. Es al carro, a la rueda, a la que hoy hago honor en mi pequeña reflexión del instante, tan veloz, tan fugaz, tan del olvido como la misma vida.  Podría enumerar mis subidas y bajadas al carro cuando era niña, el recuerdo de los paquetes de paja cargados en la caja de madera formando una torre… En las fiestas, con los carros se formaba una plaza de toros cargada de gente del pueblo… El carruaje de mis tíos, tirado por caballos, paseando el monte. El carro en la vendimia; en la siembra; en lo esencial de aquella economía… Mi homenaje al carro, a sus ruedas, sus varas para enganchar el tiro, sus traveseras, sus estribos, sus barales, su cabezales, sus tablas para sostener la carga, sus cadenas, sus ganchos, sus arneses, sus yugos, collarines y toda  su estructura arquitectónica de gran utilidad para el duro trabajo campesino. Y también sus leyendas que se quedaron en nuestros pequeños y grandes recuerdos de por vida. 

©Julie Sopetrán

UNA SILLA EN EL CAMPO

Una reliquia surgida en el barbecho…

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         Una reliquia surgida en el barbecho…

 

Caminando por el campo que labró mi padre. Encontré al aire libre, una silla vieja, maltratada por la lluvia y el viento. La reconocí. Esa silla fue elaborada por las manos de mi padre, la hizo para sentarse y ver cómo llegaba el agua a los chopos que había plantado. Mientras se regaba su chopera, él sentado en esa silla, meditaba, rezaba, observaba la naturaleza, descansaba de su duro trabajo campesino… Me emocioné al verla. ¿Cómo estaba allí? Han pasado veinte años que murió. La recogí y la llevé hasta el viejo palomar, donde él guardaba algunas herramientas; la coloqué junto a la pared y me quedé contemplando el recuerdo de aquellos días de labranza, ya tan lejanos de la realidad.  Mi padre, -como aquel egipcio, creador de la primera silla- la elaboró con un trozo de madera, le dio forma y la recompuso con los hierros de una cama vieja, como hizo  Darwin. Finalizó las cuatro patas metálicas, uniendo todo ello a un respaldo.  Hoy después de veinte años… La silla es la reliquia surgida en el barbecho, como si fuera un árbol que todavía quiere dar fruto. Al encontrarme con la silla, veo a mi padre sentado en ella y contemplo el paisaje con los chopos ya secos.

©Julie Sopetrán

LA CIGÜEÑA

Desde aquella lejana infancia…¡FELIZ NAVIDAD!

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LA CIGÜEÑA                        

Ayer por la tarde contemplé un sorprendente espectáculo. Más de quinientas cigüeñas llegaron a la chopera frente a casa armando un gran revuelo en el entorno. Algunas se instalaron en los viejos almendros, otras, se posaron en los palomares… Fue todo un jolgorio entre los árboles. Sin duda prefieren las alturas. Pensé que no es la época, su paso o su presencia por estas tierras, suelen hacerlo en Febrero. Por algo los campesinos repiten el refrán: “Por San Blas, la cigüeña verás”. Es una preciosa ave de paso, alta, elegante, su cuello estilizado, su cuerpo blanco y sus alas negras como el día y la noche. Desde niña la vi hacer su nido en la torre de la Iglesia de mi pueblo, me parecía una diosa. Cuando nacía algún niño fuera varón o hembra, mi abuela, me decía que lo había traído la cigüeña y desde mi creencia la admiraba pensando en su hermoso oficio de traer seres a este mundo. No sé si han escuchado su crotorar o su castañetear, ese ruido de tambor que hacen con su pico alargado… Ahora recuerdo que con aquellas enseñanzas de la abuela, yo asociaba el nacimiento del Niño Dios con la cigüeña, y pensaba que había sido ella, quien había llevado  al Niño Jesús al Portal de Belén… Hoy, al verlas en Navidad, me gustó recordar aquellos pensamientos de la infancia, tan lejos y tan cerca del misterio.  Y recordando aquella inocencia de mi lejana infancia, deseo a mis lectores y amigos una FELIZ NAVIDAD.  

 ©Julie Sopetrán 

EL NIDO

La arquitectura que no vemos

 

 

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En la acacia que tengo frente a casa, ocurren muchas cosas. Podría comparar, según las horas y las estaciones otoñales, momentos que se parecen mucho a cualquier plaza de ciudad o de pueblo. A lo largo del año, he ido observando, desde su primer material, la construcción de un nido.  Trabajo ejemplar que las aves dejan ante mis ojos. Desde niña, me fascinan los nidos, a veces caen al suelo, los recojo, los guardo como verdaderas obras de arte. Pero este que ven, lleva más de dos años resistiendo la lluvia, los vientos, las inclemencias del tiempo, que son muchas… Admiro cómo conserva el equilibrio, lo bien construido que está, me fascinan sus materiales, su engranaje, su fortaleza… ¿Se puede en una rama mantener tanto esplendor?. Son gorriones los que viven normalmente en la acacia, también tórtolas y algún que otro mirlo. El macho, un poco más grande que la hembra, vigila para que al nido no lo invadan otras aves.  Con su pico grueso y cónico que va cambiando de color según la estación, él sabe defender muy bien su posesión. Admiro su plumaje gris, su mancha más oscura en el pecho, su antifaz, sus patitas rosadas… Del gorrión podría estar hablando todo el día, vive conmigo. Y os aseguro que es mucho más inteligente y curioso que yo. Como a mi, le gustan los jardines, las choperas, los caminos llenos de árboles, las huertas, las calles, las plazas, los lugares concurridos pero también los solitarios. Son confiados, les gusta la gente, habitan donde habitamos por eso es tan cercano, tan amable, tan nuestro. Me encanta la rapidez de sus andares. Su vida social al atardecer, sus concurridas charlas en la acacia, es un verdadero deleite, escuchar sus gorjeos.  Construyen los nidos con hojas secas, plumas, papel, pero engranan de tal manera la construcción, que perdura varias crías sin caerse y tanto el macho como la hembra, se turnan para incubar los huevos.  Es un ave que existe en todo el mundo y lamentablemente está en extinción, como el propio ser humano, gracias a herbicidas, plaguicidas y demás medios agrícolas de nuestros días. Su nido es testigo del arte natural, de la gran belleza que un ser tan diminuto nos ofrece cual si fuera un poema arquitectónico, épico,  que nos habla de la imaginación y el entusiasmo, del día a día de un trino repetitivo que siendo viejo es nuevo y que siendo sencillo, es sublime.  

©Julie Sopetrán

LA URRACA

“para aprender, escuchar,”

la urraca

“Quien escuche a la urraca será un necio”, eso decía el gran filósofo Félix María Samaniego, en su maravilloso poema: El Pastor y el Filósofo. Sin embargo a mi, la urraca, me cautiva más por sus pequeños saltos, que por su graznar. Sabe pavonearse, llamar la atención, hacer ruido, ser diferente. Siempre está inquieta. ¿Busca o teme a las cosas que brillan? Guarda secretamente los diminutos tesoros que roba en lugares que nadie conoce, piedrecillas, lazos de colores, baratijas… Se rodea de cosas inservibles, busca en las basuras, se recrea entre desechos como el propio Diógenes. Me gustaba observarla cuando era niña, cuando iba por el camino de la fuente, por el monte, cuando me la encontraba en las calles, en los jardines picoteando la hierba… Pensé que ya habían desaparecido, porque no las veía, pero me alegra descubrir que todavía existe alguna familia en mi pequeño pueblo.  Las recuerdo con su pico y sus ojos oscuros, su plumaje bicolor,  y esas partes de su cuerpo que parecen negras, pero no lo son, sus plumas poseen tonos verdes, azules, púrpuras, son plumas irisadas que reflejan la luz en destellos coloreados, por ello, pienso que es un ave fosforescente, iluminada y muy perseguida por los cazadores, ya que devoran los huevos de otras aves de caza. Además, según estudios realizados, entre sus muchas habilidades, posee el don de reconocerse frente a un espejo y, como decía anteriormente, me gustan sus graciosos andares, su inquietud, sus travesuras, su continuo interés por lo que la rodea o su miedo ante las cosas que quiere poseer y guardar haciendo honor a su esquizofrenia y dando nombre en psiquiatría al “urraquismo”.  Siendo carroñera, le gustan los insectos, y sus contradicciones le dan ese tono personal que mis ojos,  la distinguen entre las muchas aves.

Termino con un poema que a mi me gusta mucho, es del poeta Rafael Pombo, Bogotá (Colombia) 1834-1912.

EL PINZÓN Y LA URRACA

—Enséñame una canción
—dijo la urraca habladora
al gayo y diestro pinzón
que saludaba a la aurora.
—-¿ A ti ? —repuso éste—. ¡ Vaya!
No te burlarás de mí;
a pájaros de tu laya
¿quién pudo enseñarles, di?
—¿Y por qué? —Porque es preciso
para aprender, escuchar,
y un charlatán nunca quiso
dejar hablar, sino hablar.

HOJAS DE OTOÑO

…el árbol no da sombra sin las hojas.

Hojas de Otoño

La fruta ha madurado, las hojas se caen… es Otoño. No encuentro palabras que expresen la emoción que me inspira el paisaje. Son los chopos repartiendo sus corazones de oro pulido al sol, cubriendo la tierra a manos llenas. La chopera, siendo pequeña, hoy se agranda ante mis ojos. Las hojas me atraen, me hablan, me sugieren mundos multiformes, páginas en blanco por escribir, mundos multicolores, que un día lloraban con la lluvia y otros reían con los atardeceres. Hojas tan frágiles que volaban como pájaros, iban y venían entre las ramas movidas por el viento, todas antes o después, caen en silencio a la tierra. Son abanicos vivientes y el árbol no da sombra sin las hojas… Y vino el Otoño a pintarlas. Una amiga japonesa, de mis años de estudiante, me decía que la parte frontal de las hojas, es masculina y la opuesta, femenina.  Hoy las miro y sí, me parecen humanas, masa, gente que se abraza, que se refugia en su propio destino, huyendo de los fríos y de la soledad. Las hojas se acompañan unas con otras, se reúnen, hablan, juegan dominadas por brisas o vientos fuertes, pero también acariciadas por un sol dulce y sonriente.  Todo pasa en silencio bajo un piar de pájaro. No se quejan cuando las pisamos. Mueren bajo los zapatos de la prisa. Su sangre es verde. Fueron amadas por el sol y la lluvia, sus clorofilas, sus factorías de glucosa, sus terciopelos, sus esencias, sus venas, su misterio, su belleza, todo en ellas es vida. Y cuántas historias y cuántas variedades de hojas… Muchas, cubren el techo de familias pobres, otras visten a los que llamamos salvajes, y recuerdo aquella de la que me hablaban, que fue la primera franela de Adán y Eva. O la que sirve para elaborar medicinas o la del tabaco que nos enferma… Dos mil años atrás con las hojas se creaban antorchas mezcladas con cera. Recuerdo cuando era niña, que mi padre recogía las hojas amarillas de los olmos, para dar de comer a los cerdos.  Las hojas sirven para calentar, son fuego. También son vivienda para las mariposas, las hormigas, los insectos… Las larvas, las arañas, construyen sus moradas de hoja en hoja y los pájaros las utilizan para construir sus nidos. Celebramos hoy la nochevieja de las hojas en otoño. Su año nuevo comienza en primavera. Las hojas me enseñan a vivir y a morir. Son protoplasmas vivos con que se hace la célula. Hoy esa unidad, para mi, es belleza de inmortalidad. Dostoievski decía que cada hoja es un mundo, y “amar a cada hoja, es amar a cada rayo de la luz de Dios”.

©Julie Sopetrán

EL BALCÓN

En un pueblo abandonado…

 

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Me gustan los balcones, esas plataformas que emergen de las fachadas como si tuvieran una identidad propia y le dieran personalidad al edificio donde se encuentran. Una casa sin balcón, es como si estuviera ciega, muda, ausente, como si no supiera mirar a ningún sitio.  Siempre me fijo en las balaustradas, me encantan las que son de metal, de hierro viejo, las que dejan correr el aire.  Me gustan los balcones llenos de flores, donde los geranios o los claveles, exhiben vivos colores y alegran esas calles estrechas o amplias por donde pasan todas las estaciones del año haciendo honor a sus temperaturas atmosféricas… Así recuerdo los balcones cerrados de invierno, los abiertos de par en par de verano, los entornados de otoño y primavera… El balcón es la boca de una casa, su respiración, una boca que besa y ríe, que gime y canta nuestros hábitos. En los balcones podemos exhibir lo que somos, lo que sentimos, lo que hacemos cada día, hacia dónde miramos… Desde el balcón, podemos ver la luz, la luna, las estrellas y podemos cantar y soñar y ver siempre lo que queremos, el aspecto, la apariencia del pueblo al amanecer, ojear lo que hace el vecino en su puerta, hacia donde va fulanito tan temprano, descubrir el primero o el último rayo del sol que nos alumbra.    Hace unos días visité un pueblo abandonado y no pude por menos que llorar frente a uno de sus viejos balcones. Os lo dejo, amigos, para que vosotros sigáis encontrando recuerdos en sus rejas.

©Julie Sopetrán

LA NUBE

Una obra de arte expuesta en el cielo.

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Existen fenómenos atmosféricos que me sorprenden como esta nube que a simple vista diría que es una fantasía. Pero bien pueden ser nubes lenticulares que aunque parecen auténticos platillos volantes, tan sólo son cúmulos nubosos formados por el viento y la humedad. Los expertos dicen que se ven sobre todo en lugares montañosos, sin embargo, pude captar la foto desde la misma puerta de mi casa en el campo y en un lugar totalmente llano. Sea lo que sea, sobre todo me llama la atención su forma artística, su arquitectura, su colorido, es como si admirara una auténtica obra de arte expuesta en el cielo.  No es la primera vez que he captado estas nubes con diferentes formas geométricas, que me sugieren, no lo que los meteorólogos llaman falsas visiones, no, yo creo que son auténticas bellezas que no se sabe quien las exhibe ante nuestros ojos, no para saber si es o no una ficción, pero sí, para recrear nuestra sensibilidad, para sentirnos parte de una naturaleza viva, diversa, hermosa, agradable… El hecho de esta contemplación, a mi por lo menos, me hace sentir persona cercana a la naturaleza y a su gran magnitud. Y sí, es importante percibir que somos parte del universo y que podemos ensanchar nuestro espíritu ante lo inexplicable.

©Julie Sopetrán

 

LAS GRULLAS

La grulla es el símbolo de la Lealtad.

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Hace unos días, cuando daba un paseo por el campo con mi cámara, me sorprendió un murmullo de aves, iban en manada y en una sola dirección. Su algarabía era contagiosa… Así interpreté la alegría entre el cielo y la tierra. Estoy hablando de esas aves zancudas de gran tamaño que cuando están en tierra, se mantienen altivas sobre una de sus patas y, cuando se elevan, son aves de alto vuelo. Son las grullas que festejan el haberse conocido y no importa el tiempo ni el lugar, se encuentran, se abrazan, forman remolinos, danzan, para luego seguir su ruta en buena armonía.  Vuelan aunque esté lloviendo, superan hasta los cuatrocientos metros de altura y son capaces de crear grupos, de volar en equipo, de comer juntas, de mostrarnos, con sus acrobacias, dibujos que parecen uves de ir y venir, de vida, de viaje, de viento, de verdad, de ver y dejar sobre nosotros su voz o gruir, su vigor, su huella… A través de su canto comunitario, van manteniendo su velocidad ayudándose unas a otras a mantener su ánimo. Las grullas son un ejemplo de Amistad y de Amor. Ellas son monógamas y establecen lazos, vínculos de por vida. Su armonía la consiguen comiendo juntas, sobre todo bellotas, y cuando hay crisis de este fruto de la encina y del roble, comen en los sembrados y comparten mutuamente lo que encuentran. La grulla es el símbolo de la lealtad y además es un ave de buen augurio, es el ave de la paz, de la felicidad, de la alegría… Mi abuela me decía, que con sus alas de más de dos metros, protege a los más débiles, porque la grulla sabe abrazar mejor que ninguna otra ave. Y también me enseñaba refranes haciendo referencia a su paso… “Por San José, con día claro, las grullas ves” o “Surco de grullas en el cielo, carbón en el brasero”. Creo que todos debemos aprender de las grullas sin importarnos demasiado si el cielo está gris y aunque llueva, ellas siempre cruzan el cielo cantando.

©Julie Sopetrán