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MUSGO EN LA PIEDRA

La belleza existe en el rincón más apartado.

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Llueve y la piedra lo sabe, se deja acariciar, abrazar, por la bufanda verde del musgo…
La belleza existe en el rincón más apartado. El tacto es suave y en la piedra, el musgo
expresa la fuerza primitiva de la naturaleza.

Es Navidad
Están frías las piedras.
El musgo crece.

©Julie Sopetrán

 

TÓRTOLA EN VUELO

Nuestros brazos bien podrían ser alas…

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Cuando veo pasar a la tórtola en vuelo, lo pienso y me digo: quién tuviera alas para sentir la sensación del aire en mi cuerpo revestido de plumas y volar los espacios desdoblando en las alas el sentido del tiempo. Reconozco que prefiero el aire al agua, percibir esa libertad transitoria de la gravitación remontando las nubes. Sentir esa fuerza sobrenatural de mantenerse flotando en el aire, guardar el equilibrio sin caerse y avanzar y controlar la exhalación del movimiento. Trascender es conocer lo que está oculto y la tórtola conoce su objetivo y sabe que más allá hay un árbol o un castillo en ruinas, o un monte donde podrá descansar de su vuelo. Imagino el trayecto y me veo mirando hacia abajo para ver cómo crecen los trigos, cómo se dinamiza el paisaje con sus transformaciones y cambios de colores y no, no tiene que ser lo mismo sobrevolar la cresta de una montaña, que el ordenado encanto de un jardín… Muchas veces he soñado que volaba, pero los sueños, sueños son, que diría Calderón de la Barca, y nada tiene que ver con esta realidad del imposible vuelo humano… Aunque pienso que, nuestros brazos bien podrían ser alas. Si digo que me encanta volar, es por las muchas veces que he cruzado el mar en avión, pero ese aspecto espacial del  vuelo, no es el mismo, en avión te llevan, la tórtola se eleva ella misma desde su propio ser. Yo no puedo hacerlo. Tan sólo mi pensamiento vuela desde ese otro nivel del espíritu, pero ese es otro tema y sería importante crecer, ser un caballo como Pegaso o estilizarse y menguar como una mariposa, para poder volar de otra manera…

©Julie Sopetrán

INVIERNO

En mi paisaje, el árbol, es el centro del mundo.

invierno

INVIERNO

Cuando el frío visita los campos, en el principio del solsticio de invierno, las lluvias, el hielo y la nieve, revisten sobriamente este paisaje donde habito. Son seis meses duros, ásperos, cuando más aprecio el calor del hogar. Mirar por la ventana puede ser un alivio para sobrevivir a la monotonía que motiva escuchar el silencio o la música, sabiendo que la casa está caldeada, porque en la estufa arde la encina. Afuera hace frío, el ambiente es gris, tibio, gélido… La lluvia y la nieve exhiben su aterida belleza y en los páramos, se observa esa seriedad que entibia no sólo el cuerpo, también el alma se entumece. Los surcos de la tierra, recién arados, se dejan cubrir por los copos de nieve. Los espacios vacíos desfallecen por el hielo invisible que los habita y en el centro de cualquier proyección, se estremece la vida contemplando el paisaje. El trigo empieza a crecer y los colores avivan la esperanza: marrón, blanco, verde, gris… en la mirada. Contemplo aquel árbol solitario, él es el fuego, él es la subsistencia, la navidad, el eje, la flecha, el barco que me indica lo estático, lo real, lo explícito, lo verdadero… El paisaje se convierte como en un mar de tierra limitada que tienes que afrontar con amor, como lo hace el árbol. Superar la austeridad del entorno, forma parte de esa espera de la primavera que dará más luz y color a los campos. El invierno nos descubre el origen, nos orienta hacia lo que elegimos. En mi paisaje, el árbol, es el centro del mundo.

©Julie Sopetrán

Queridos amigos lectores, les deseo a todos Feliz Navidad, que cada uno de nuestros inviernos, se llene de luz, de paz, de justicia, de Amor, para que podamos florecer en primavera. Abrazos compartidos.

LOS PÁJAROS

Cuando la contemplación tiene música…

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Se han caído todas las hojas, la acacia muestra su esqueleto y en sus brazos desnudos se refugian los pájaros. Son gorriones. Este año no tienen frío, seguramente hablan del otoño caliente o de la falta de granos en el campo. Percibo en sus gorjeos la placidez de un día en calma. Los miro desde mi ventana abierta a un nuevo día y siento la belleza estática del instante. Los cuento uno por uno, no hago ruido, quiero saber qué murmuran o qué dicen sus píos. Imagino sus lances, sus hazañas, sus correrías por el arroyo buscando insectos, volando a ras del agua o deteniéndose en las orillas refrescando sus alas. Hablan de nidos, alguno ha tirado el viento. Conversan de las semillas de la siembra, tienen un sabor amargo por los herbicidas. Y no, no hay mucho que comer.  Les he puesto unas migas de pan en el suelo… Pero es muy peligroso lanzarse. Los gatos los observan y prefieren quedarse entre las ramas. Me cautiva su sencillez, su aparente insignificancia, su distante cercanía, su libertad y a la vez, la sumisión que dedican a los lugares que habitamos. Son mis vecinos y hoy, me siento muy feliz a su lado. 

©Julie Sopetrán

EL HERRERILLO

Nada tan placentero como escuchar el canto de un pájaro en la ventana.

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La otra mañana, en mi ventana, vi a un herrerillo. Revoloteaba, luego se paró en la rama de olivo que todos los años, por costumbre,  pongo en Domingo de Ramos. Llovía, era un día de invierno. Quedó por largo rato en esa pose que muestro en la foto. Iba y venía, le gustaba mirarse en la cristalera. Otras veces se posaba en el cordel de la persiana columpiándose. Luego llegaron más, tres, cuatro herrerillos, cinco… Me alegraron el día. Observé sus alas azules, también su cola y cabeza del mismo color. Sus mejillas blancas y en su plumaje, divisé unos tonos verdosos y la parte inferior de su cuerpo, amarilla.  Cuando llegaban los otros herrerillos, percibí su trino, parecía entonar una especie de risa aguda, dulce, un tit tit tic que terminaba en tuc tuc y otras diversas vibraciones de canto.  Disfruté mirando sus gestos, sus revoloteos, sus poses. Posaban para mi y la emoción invadía ese instante tan cercano, tan vivo, tan especial e inesperado. Estas pequeñas cosas me hacen pensar que no estoy sola, que la naturaleza es magia y los seres que la habitamos necesitamos conocernos, comunicarnos, sentirnos, escucharnos o simplemente mirarnos aunque sea a través de los cristales para no asustarnos demasiado de nosotros mismos. Se marchaba y volvía. En su ausencia dejé la ventana abierta por si querían entrar a la casa. Durante casi un mes, estuvieron todas las mañanas conmigo y fue así, como conocí al Herrerillo: un pájaro increíblemente bello y necesario.


©Julie Sopetrán

LA LUNA LLENA

Es bueno detenerse en los detalles del misterio…

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Estos días la luna ha sido la protagonista de mis noches, tan brillante, tan intensa, tan luminosa… que me hacía olvidar las tinieblas. De repente las sombras se disipaban y el sueño daba paso a la contemplación de esa belleza estelar de la media luz cargada de esas suavidades que estimulan la imaginación desde cualquier ángulo de la puerta o de la ventana. La caricia de una luz suave y delicada le daba otro perfil a las cosas, los árboles, las flores, las lomas, el mar, la pequeña orografía que abarcaban mis ojos, me ofrecían las imágenes desde otra dimensión, que en otros momentos, me hubieran pasado desapercibidos. Disfruté los realces, los montículos, las geometrías del cerro que rodea mi casa y hasta divisé las pequeñas almendras ya casi maduras en octubre. Es bueno detenerse en los detalles del misterio. Le sonreí a la noche,  supe que la luna me sonreía por encima de todo, incluso por debajo del agua del estanque. Supe también, que con ella, nada es exacto, su redondez dura el instante y aquel era un momento para la observación de su belleza conectada a mi interior por un hilo de luz. Sus fases son las mías, se vuelve oscura y clara cuando quiere, enciende su linterna y la apaga para estar y no estar en los procesos de su caminar. Se esconde, reaparece, viaja, se pierde, llora, sonríe, es divina y humana, trágica y romántica… Nos parecemos tanto que hasta pude entender las secuencias de su fantasía guiadas por la intuición de un mismo instante…

©Julie Sopetrán

LA MÚSICA DEL PLACER

La excelencia del placer es el Amor.

 

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Escuché en mi ventana un canto que parecía susurro o un susurro que parecía canto. Un gorjeo bisilábico, familiar, especial… Me asomé a la ventana y era la música del placer de un tortolito y una tórtola que en la barandilla del corredor, expresaban plácidamente su amor. Frente a la casa, tengo algunas acacias donde anidan varias parejas de tórtolas que observo día a día en su devenir de vuelos y arrullos. Me conmovieron sus gestos de recreo, de placer, de armonía y de unión. Su forma de seducir, su ternura… ¿Sabían que les estaba haciendo fotos? Lo cierto es que no se espantaron al verme. Me sentí intrusa en un momento tan mágico. Pero no les afectó mi sorpresa. Se impregnaron más y más en su propia dulzura y debilidad. Dejé de creer en su timidez, admiré los gestos, las formas, pude ver la sumisión de ella, la decisión de él, los espavientos de las alas, los ademanes del placer, el deleite de los apegos… ¡Tanto y tan dulce y especial que nos conecta con los humanos!

Tal vez es la tórtola, una de mis aves favoritas, porque somos vecinas, porque nos llevamos bien, porque observamos el momento… Viéndolas, recordé a Abraham y su pacto con Jehová. Aquellas de Palestina cuando visité el Mar Muerto. O las que ofreció María en el templo…  El galanteo llegó al máximo embeleso y ya no dudo que también la tórtola, en su máxima grandeza, puede llegar al éxtasis.

©Julie Sopetrán

LOS DIBUJOS DEL AGUA

Porque todo es nuevo en un instante…

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Observando las olas al amanecer, mirando transparencias, ondulaciones, la caricia del agua sobre una arena limpia, pequeños golpes de mar que se dispersan suavizando el embate y recreando la belleza de las formas que dibujan corrientes y que a la vez, forman esas líneas juguetonas, efímeras, en la superficie de la playa… 

Curioseando sobre mis propios pasos me adentré en el cristal del agua, me sentí partícipe de la obra de arte que se deslizaba entre los dedos de mis pies, así corrí volviendo a mi niñez y sonreí mirando al mar y me llené de asombro viendo cómo entre la espuma se alejaban los años ya vividos…

Todo era nuevo en un instante.  Frente al mar pude percibir, imaginar, el esplendor del fondo, su misterio, su abismo, los precipicios las cavernas. Y sí, fue precioso palpar la lisura de la superficie más cercana, los planos y las formas de otra geometría inmediata, más dúctil y en bonanza… 

Percibiendo este instante ya mereció la pena ir al mar.

©Julie Sopetrán