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LA ESTRELLA

Dibujo de María José Riazuelo (https://tinteroypincel.com/)

Cuando era niña, en las estrelladas noches de verano, me sentaba a tomar el fresco con mi tía Josefa, ella me enseñaba a mirar el firmamento. No disponíamos de telescopio, pero recuerdo que mi tía me hablaba de la Vía Láctea, que cual polvareda atraviesa el cielo dividiéndolo en dos hemisferios. Yo lo veía como una senda recién nevada hecha de lucecillas misteriosas que se mantenían en el abismo del cielo… Pequeños y brillantes orbes que flotaban en lo infinitamente lejano.  Aquella contemplación me hacía pensar, sentir la grandeza del Universo. Mi tía me mostraba Sirio, el punto más luminoso, me quedaba asombrada cuando ella me decía que  era siete veces mayor que el sol… Las Pléyades, los millones y millones de bandadas de estrellas que corren vertiginosas por el espacio. Mi observación no podía abarcar tanta grandeza dentro de esos enjambres de estrellas sobre nuestras cabezas. Fue así como empecé a pensar en las estrellas, grandes, pequeñas, multitudinarias. Mis primeros poemas versaban sobre estrellas… La Estrella más bonita, Alpha y Omega… y tantos que todavía conservo en mis viejos cuadernos. Hoy, Navidad de Nuevo, he elegido un poema muy cortito que lo escribí paseando a la luz del sol, pero pensando en las estrellas.  Es mi regalo de Navidad para todos mis seguidores-lectores, a los que deseo paz, salud, amor, felicidades en estas fiestas y agradezco a María José, su excelente dibujo navideño.

Alpha y Omega

Debajo de la estrella
el olivo
y debajo
la espiga
una flor
y
la hormiga  
…debajo
más
abajo
está el agua
y la perla
y
detrás de la tierra
más
abajo…
¡Está otra vez
la estrella!

©Julie Sopetrán

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MUSGO EN LA PIEDRA

La belleza existe en el rincón más apartado.

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Llueve y la piedra lo sabe, se deja acariciar, abrazar, por la bufanda verde del musgo…
La belleza existe en el rincón más apartado. El tacto es suave y en la piedra, el musgo
expresa la fuerza primitiva de la naturaleza.

Es Navidad
Están frías las piedras.
El musgo crece.

©Julie Sopetrán

 

«CALACAS: Calaveritas Literarias» — Julie Sopetrán / Mary J. Andrade / Mónica Pereiro

Amigos Lectores: Les dejo el video de la presentación.  Gracias.

https://youtu.be/hox1Qkz8CEY

Editorial SALTO AL REVERSO

«CALACAS: Calaveritas Literarias»
Calaveras literarias para niños y adultos

El Día de Muertos, la tradicional fiesta mexicana, queda retratada en este libro —publicado en colaboración con Editorial Salto al reverso—con las calaveritas literarias de Julie Sopetrán, acompañadas por las fotografías de Mary J. Andrade y las ilustraciones de Monica Pereiro.

Julie, de nacionalidad española, tiende un puente más entre España y México con estas calacas escritas con el buen oficio y la sensibilidad de su poesía, ejercitada magistralmente en formas estróficas como la cuarteta, la seguidilla —de cuatro y de siete versos—, la décima, el ovillejo y el perqué. Sin olvidarse, claro, de aderezar sus obras con el tono gracioso, irónico, crítico y burlón de estos versos tradicionales mexicanos.

Sin embargo, la intención de este libro no es presumir las formas literarias, sino acercar este género a los niños, jugar con ellos, compartir risas y aprender a escribir juntos las…

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EL PASTOR









Hoy pasó por mi puerta con su rebaño, con su zurrón, su vara o cayado, sus dos perros y casi dos centenas de ovejas todavía sin esquilar y otras tantas cabras. Ahora el cerro y el prado están verdes, hay hierba y pasto suficiente para el ganado. Jesús, el pastor de mi pueblo,  es un hombre joven,  amable, sonriente, sabio.  Me habla de los corderos, de los precios de la carne, de la leche, de lo difícil que es sobrevivir en estos tiempos donde los impuestos y los gastos no armonizan con sus esfuerzos. La burocracia establecida es demasiado exigente y apenas tiene ganancias para sobrevivir. El pastor es la persona que más sabe del tiempo, de sus ovejas y de la naturaleza. Desde niño aprendió a salir al campo, aprendió esas tareas duras de dirigir al rebaño por las cañadas y respetar las normas agrícolas. Las nuevas tecnologías lo ahogan y va subsistiendo adaptándose a los términos municipales por los que pastorea.  Lamentablemente es un oficio en extinción. Su trabajo no es apreciado ni pagado como debiera. Pero yo no puedo pensar, sentir este paisaje, sin el rebaño de Jesús, sin la presencia de las ovejas y las cabras rumiando la hierba de la primavera y, los perros amaestrados, dirigiendo el camino que han de seguir las ovejas a la orden de su pastor, ellos son los guardianes del redil. Las ovejas son muy sensibles porque no ven de lejos, lo ven todo de cerca, conocen la voz de su pastor que siempre va delante de ellas para protegerlas y obedecen y siguen su mandato dócilmente. Me recuerdan la infancia el ruido de cencerros al unísono, cuando las oía pasar yo pensaba que su sonido sería parecido al que hacen los ángeles cuando cruzan invisibles por nuestro lado…

©Julie Sopetrán

FALSA ARMONÍA

Y los caminos se borran…

Está todo el día nevando. Nada se mueve. Los pájaros se han refugiado en su nido. Al rato, se siente el hielo. Todo está congelado. Entre las piedras, el cauce del arroyo apenas canta, su corriente se detiene en los bordes, allí la nieve, despereza en su argayo y el agua, va dejando sus agitadas transparencias. La belleza, se apodera del fango, lo reviste cual si fuera un dios griego. Todo firma su pacto con el hielo, mientras tanto el sol, suspira entre los juncos. El paisaje se ha vestido de novia. Las ramas del olivo han caído a la tierra, rendidas por un peso extraño. Los caminos se borran. Todo lo que se mueve se paraliza, hasta las alas de los pájaros sienten frío. La vida se estremece en el campo y nuestros pies se paralizan buscando el calor de la lumbre. Los caminos se borran y los árboles reclinan sus brazos hacia el suelo. La nieve sonríe triunfadora. Nos confina en casa, la contemplamos desde nuestra ventana y la fotografiamos como si ella fuera la diva del paisaje. Sabemos que nos engaña y que su risa blanca es peligrosa. Se ha desposado con el hielo y su amante es el frío. Los carámbanos crecen, ya no puedo salir de casa. Las tórtolas, los gorriones, me suplican comida en la puerta y hasta los gatos maúllan. Al caer, esta nieve parecía tan suave, tan dulce, tan jovial… pero en realidad es agua helada revestida de blanco. Juega conmigo, me engaña, me encarcela y me deslumbra con su falsa armonía…

©Julie Sopetrán

EL BRASERO

Siempre es bueno recordar el pasado… para apreciar el presente.

Ayer, recuperé el brasero doméstico que utilizaban mis padres en los inviernos. No encontré la alambrera metálica que se ponía encima de las ascuas para protegernos, pero todavía tenía su soporte de madera. Ya está muy viejo, me sirvió para recordar y experimentar esa sensación de calor antiguo, tan acogedor, tan familiar, tan íntimo. Las brasas que saqué de la estufa, con un recogedor, le dieron al ambiente ese tono brillante y cálido del pasado y me hizo recordar el carbón vegetal de cisco o picón que le mantenía ardiente por varias horas. Lo coloqué en el centro del salón, recibiendo así a los primeros fríos de noviembre. En unos segundos, el ambiente estaba caldeado. Añoré la mesa camilla de mi madre donde se sentaba a hacer ganchillo… Aquella mesa, con su tarima de madera perforada en el centro para colocar el brasero donde posábamos y calentábamos los pies. Tampoco encontré la badila, con su paleta redonda que servía  para avivar las ascuas entre la ceniza y echar una firmita sobre las cenizas. Recuerdo que casi todas las mujeres del pueblo tenían cabrillas en las piernas, una especie de manchas que se inflamaban, producidas por ese calor concentrado entre las faldas de la mesa.  La familia, tenía que tener mucho cuidado por los incendios a través de las faldas, tanto de la mesa camilla, como de los vestidos y faldiqueras de las abuelas y también había que prevenir del tufo y del monóxido de carbono, si la habitación se mantenía cerrada y no tenía ventilación era muy peligroso. Nuestros abuelos nos avisaban de estos inconvenientes que podía proporcionarnos el brasero. Y todos vigilábamos sus advertencias. Hoy, como una reliquia, pongo en acción esa historia no tan lejana… porque, siempre es bueno recordar el pasado o por lo menos conocerlo por si tenemos que volver a él.

©Julie Sopetrán

CADENAS

He crecido en el campo, ente hoces, arados, carros, hierros viejos que mi padre utilizaba para recomponer sus inventos. Entre sus muchos objetos metálicos, me llamaban mucho la atención las cadenas. Las tenía de todos los tamaños… Las más grandes y largas las utilizaba para ponerlas en los caminos prohibiendo el paso a carruajes, mulas o nuevos tractores. Contemplando sus eslabones, yo imaginaba cárceles, malhechores, presos arrastrando cadenas similares en lugares cerrados. Las cadenas yo las asociaba a las noticias, un eslabón se unía a otro por hechos que sucedían cada día. La larga familia de mi padre hecha de eslabones encadenados a las viejas costumbres que, a la vez, iban encadenando o querían encadenar a las nuevas generaciones. Las cadenas significaban mucho para mi según iba creciendo, fueran grandes, pequeñas, medianas… Tantos significados en esas curvas cerradas enlazadas unas con otras formando así algo tan peculiar como son las cadenas, era como una relación obsesiva con mis ansias de libertad. Tal vez porque ya desde niña relacionaba las cadenas con los esclavos. Pero también con las palabras y sus contenidos inconscientes… Permitir que el espíritu elabore palabras a las que libremente te encadenas. ¡Cuánto para pensar y sentir mirando estos enlaces!  Hoy las miro con cariño y hasta me parecen imágenes poéticas de un pasado cercano.

©Julie Sopetrán

ATRAPADA

Nunca sabemos lo que existe a nuestras espaldas. Parece que avanzamos pero retrocedemos. Un hilo nos maneja. Huimos, nos balanceamos, intuimos que, algo, alguien, nos apresa. Hoy estaba regando los geranios en mi ventana, había algunas hojas secas entre las verdes, las arranqué y las tiré por uno de los huecos al huerto. Cual no sería mi sorpresa al ver que una de ellas, se quedó en el aire, atrapada en el vacío. Me pareció sorprendente su aislamiento dejándose flotar en el espacio sin ninguna sujeción. Me fui corriendo a por la cámara fotográfica y le hice varias fotos. Después, me di cuenta que una finísima tela de araña, la había apresado muy sutilmente. Invisible captura o secuestro que me sirvió de reflexión todo el día. Su prisión me dejó perpleja. Me detuve y vi en mi propio arresto, una gran semejanza. Su fragilidad, como la mía, tiende de un hilo… Sin duda, en un instante, pasan cosas nefastas, maravillosas y de repente es el tiempo quien las detiene para poder digerir los misterios. Nada y todo es transitorio en nuestra soledad. Y no, no es fácil capturar el instante, hacerlo nuestro, conocer el significado de lo que nos rodea. ¿Qué araña oculta y caprichosa maneja los hilos que, tan sutilmente, puede atraparnos y mantenernos en el aire a su antojo y con qué fin? Durante toda la mañana, la hoja seca, quedó suspendida de varios hilos que aunque lo parecían… no eran transparentes.

Julie Sopetrán

LA CASA DE LOS CAMINEROS

Todo está en el camino…

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En uno de los cruces de caminos muy cercano a donde yo vivo actualmente, hay una casa abandonada, es una reliquia del pasado. Era una casa grande, en realidad estaba dividida en dos casas en un mismo edificio, en ellas  vivían con sus familias, el capataz y el caminero de Obras Públicas. Su oficio consistía en limpiar las cunetas de las carreteras por las que íbamos y veníamos a la ciudad y a los diferentes pueblos vecinos. Las cunetas parecían pequeños jardines por donde pasaba el agua cuando llovía, era un deleite verlas tan limpias, tan cuidadas. Recuerdo ver al caminero, Juan, trabajar con su azada y su pala, paciente y  entregado a su oficio. Sus hijos iban conmigo a la escuela. Casimiro, el capataz, vigilaba el trabajo de Juan y a veces le ayudaba para que todo estuviera en orden y sin hierbas salvajes. El tiempo pasó, las normas públicas cambiaron, las dos familias se fueron a otros lugares, la casa quedó abandonada y con ella, también las cunetas de nuestras carreteras. Yo diría que nunca, nadie más, las ha vuelto a limpiar como lo hacían Juan y Casimiro. De vez en cuando veo una máquina con seis, siete hombres a su alrededor, todos de pie, pendientes de la máquina que, sólo consigue segar superficialmente la maleza pero nada que ver con el trabajo de los dos camineros. Y ahora ya no veo  ni las máquinas.  La hierba no sólo se apodera de las cunetas, están llegando a los mismísimos caminos de asfalto.  Y a esto, amigos, hoy, lo llamamos evolución y progreso.

©Julie Sopetrán

Cuneta Primavera 2020                                    Cuneta verano 2020

LOS CARDOS BORRIQUEROS

… las espinas de lo desconocido…

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LOS CARDOS BORRIQUEROS

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Cuando era niña, recuerdo ir a escardar los campos sembrados de trigo y cebada, iba con mis tías que con mucha habilidad los arrancaban o cortaban con la escardilla. Mis tías pasaban muchas horas escardando y yo por las tardes, les llevaba la merienda en un talego. Recuerdo aquellos cardos, altos, fuertes y llenos de espinas. Me acercaba a ellos casi con miedo, pero quería admirar sus flores moradas que con el calor, pronto se volvían blancas. Rara era la vez que no me pinchara con sus hojas muy espinosas. Mi padre me decía que eran cardos borriqueros. Y los llamaban así, porque cuando todavía la planta estaba tierna y no tenía espinas, a los burros les gustaba comerla. Muchos, los que no se habían escardado, crecían, duraban todo el verano muy altivos en los bordes de los caminos o en las tierras baldías. Hoy en los campos que habito, abundan, algunos superan el metro de altura y son tan fuertes que es difícil cortarlos sin pincharte. Mi abuela, cuando las pencas del cardo ya estaban secas, las cortaba, quedaban como varas, las limpiaba con guantes y en la época de la vendimia, en esas pencas limpias, dejaba un ganchito en lo que era el principio del grueso de la hoja y allí colgaba los racimos de uvas para que se orearan… Recuerdo que la vara del cardo se convertía en toda una obra de arte dentro de la casa, obra que servía para exhibir el fruto de la vid. Y sí, he de decir que admiro la belleza del cardo borriquero, sus flores, sus transformaciones, incluso su austeridad, me cautivan.  Sabemos que, metafóricamente, si alguien te dice que eres un cardo, recurres a la aspereza de la personalidad, y entiendes que eres una persona desabrida, pero si además le añades borriquero, te está diciendo que eres un verdadero necio o una persona muy torpe, capaz de exhibir cualquier arrogancia nada grata para los demás… Desafortunadamente este tipo de personas, abundan en nuestros días y son peores que los cardos, nos dirigen, nos manipulan, nos maltratan… El mundo está sembrado de cardos borriqueros. Yo me quedo con la belleza que esta planta aporta al espíritu.

 

©Julie Sopetrán

TOMANDO EL SOL

Desde sus propias noticias y en olvido…

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Hace unos días, visité uno de los pueblos, casi ya deshabitados de la tierra. En la solana de una de las casas, dos hombres sentados en un banco, tomaban el sol. Sentí la espontaneidad de su sonrisa y comencé a hablar con ellos. Les pedí permiso para hacerles esta foto y fue entonces que a la sonrisa de uno de ellos, le creció un gesto de ironía… Sin prisa, conversaron conmigo. Hablamos de las labores de la tierra; de su jubilación: de cómo regaban sus huertos; de la procedencia de sus perros; de la soledad; de lo que hacían sus hijos en la ciudad; de los siete vecinos que quedaban en el pueblo; de la tristeza de las casas cerradas; de la Iglesia vacía, Don Sebastián, el sacerdote, decía Misa una vez al mes; hablamos de las escuelas sin niños; de los lugares olvidados; de las fuentes; de las cañadas; del último mayo, (un chopo), que pusieron los mozos en la plaza del pueblo, cuando había jóvenes. También me hablaron de los pastores, sólo quedaba uno. Con sus manos abiertas, reposadas una sobre la otra, expresaban el momento al que habíamos llegado…  Ese momento de dejarse envolver por el dios sol. El descanso les embriagaba, la llegada de alguna intrusa, como yo, les divertía… Y así contemplaban el mundo desde sus propias noticias sin difusión y en olvido; sentí que el sol les quemaba, pero a la vez, les protegía con su manta de siglos. 

©Julie Sopetrán